La universidad como espacio de libertad,
verdad y cordialidad

THE UNIVERSITY AS A PLACE OF FREEDOM,
TRUTH, AND CORDIALITY

Jaime Nubiola

Universidad de Navarra, España

[email protected]

https://orcid.org/0000-0002-3810-8717

https://doi.org/10.26439/en.lineas.generales2026.n015.9059 Recibido: 30.05.25 / Aprobado: 06.02.26

RESUMEN

El artículo sostiene que la universidad puede recuperar su capacidad de transformación social si reafirma la libertad, la verdad y la cordialidad como principios inseparables de la vida académica. Frente a su pérdida de relevancia cultural y a la mercantilización de la educación superior, reivindica la vocación formativa del profesorado y el valor del desacuerdo inteligente. La libertad académica exige pluralismo y apertura a perspectivas diversas, sin renunciar a distinguir entre interpretaciones mejores y peores mediante el diálogo racional y la experiencia. La búsqueda de la verdad constituye, a su vez, el motor de la investigación y del progreso del conocimiento. Finalmente, la cordialidad se expresa en la escucha, la colaboración y el interés genuino por el crecimiento de estudiantes y profesores. Se concluye que la universidad debe cultivar una «artesanía del diálogo» capaz de integrar pensamiento libre, búsqueda compartida de la verdad y convivencia cordial.

PALABRAS CLAVE: universidad / libertad académica / verdad / pluralismo / cordialidad / diálogo

ABSTRACT

This article argues that universities can reclaim their capacity to drive social change by reaffirming freedom, truth, and cordiality as inseparable principles of academic life. In response to the declining cultural relevance and growing commercialization of higher education, it emphasizes the formative vocation of university teaching and the value of thoughtful disagreement. Academic freedom requires pluralism and openness to differing perspectives without abandoning the possibility of distinguishing better interpretations from weaker ones through rational dialogue and experience. The pursuit of truth, in turn, remains the driving force behind research and the advancement of knowledge. Cordiality is expressed through attentive listening, collaboration, and a genuine commitment to the growth of both students and faculty. The article concludes that universities must cultivate a “craft of dialogue” that brings together free inquiry, the shared pursuit of truth, and a culture of respectful engagement.

KEYWORDS: university / academic freedom / truth / pluralism / cordiality / dialogue

INTRODUCCIÓN1

Muchísimas gracias por esta amable invitación a participar en los Miércoles de Filosofía de la Universidad de Lima para reflexioanr sobre la universidad como germen de transformación social. La tesis que voy a defender es que la universidad es —¡y puede ser!— el germen de la transformación de la sociedad si cultiva su genuino espíritu académico, esto es, si verdaderamente es un espacio en el que la libertad, la verdad y la cordialidad sean las coordenadas que hacen posible el diálogo, la escucha, la comprensión y la convivencia culta, tal como gustaba decir a mi maestro Alejandro Llano.

Hay un cierto consenso general de que asistimos a un declive de la universidad en el mundo occidental, a una pérdida de su importancia como institución configuradora de la sociedad, y proliferan las dudas acerca de la relevancia de la institución universitaria para la investigación científica e incluso acerca de su eficacia docente. Basta con hacer referencia a la administración estadounidense de Trump y a su batalla contra Harvard. “Las universidades son el enemigo”, afirmaba J. D. Vance (National Conservatism, 2021) en un meeting y era aplaudido entusiastamente por su auditorio.

Tiende a echarse la culpa de este proceso de declive de la institución universitaria a la progresiva mercantilización del espacio académico, al papel creciente de los gestores y gerentes en el gobierno de las universidades, a las agencias de evaluación de la calidad y a la expansión de las enseñanzas online. Se trata, sin duda, de un proceso complejo, pero para mí la raíz de este descarrío se encuentra principalmente en la pérdida del sentido del trabajo de tantos profesores, transformados muchas veces —parafraseando a Weber— en funcionarios sin alma o burócratas sin corazón.

Me parece que la clave para una revalorización del espacio universitario se encuentra en comprender que quienes nos dedicamos a la enseñanza superior enseñamos a ser mejores, esto es, a desarrollar un estilo de vida mejor, más razonable; aspiramos a vivir —y a enseñar a vivir— de acuerdo con unos principios de los que somos capaces de dar razón. Como decía Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, cuando agradecía el doctorado honoris causa que le había sido conferido en mi universidad: “Podemos dar razones de las posiciones morales que mantenemos”. Quienes se empeñan en enseñar esto son los auténticos maestros, los verdaderos académicos en la mejor tradición de la Academia de Platón. El ámbito universitario impregna nuestra vida de un hondo sentido vocacional, de un genuino empeño por el perfeccionamiento personal, que queremos compartir con los demás y que es verdaderamente lo que la sociedad necesita y espera de nosotros. Los profesores hemos de estar persuadidos de que tenemos algo valioso que ofrecer a nuestros alumnos, algo que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes, en las empresas más competitivas por mucho dinero que puedan ganar allí o, por supuesto, en un tutorial de YouTube o en una consulta a ChatGPT u otra IA.

Las dos cosas que podemos enseñar —en las que quiero centrar mi atención en esta sesión— son que lo de adentro cambia lo de fuera y que el desacuerdo inteligente es enriquecedor. Respecto de lo primero, en junio del 2011 leí un fragmento en la lección de graduación que impartió J. K. Rowling (2018) en la Universidad de Harvard que llamó mi atención. La autora de Harry Potter explicaba a su audiencia lo siguiente:

Una de las muchas cosas que aprendí al final de aquel pasillo de Clásicas por el que me aventuré a los dieciocho años [Exeter University] en busca de algo que entonces no habría sabido definir fue lo que escribió el autor griego Plutarco: “Lo que logramos internamente cambia nuestra realidad exterior”.

Me impresionó esa cita porque es lo mismo que intento enseñar a mis alumnos. Nuestro empeño por pensar, leer y escribir, por cultivar una vida verdaderamente intelectual, no solo nos cambia por dentro, sino también por fuera, pues nos abre afectuosamente a los demás.

Respecto de lo segundo, quiero persuadirles de que el desacuerdo inteligente —el desacuerdo civilizado— es la energía vital de la universidad, la corriente circulatoria de una sociedad sana (Stephens, 2017), porque ese desacuerdo es de ordinario enriquecedor.

En mi breve presentación, pretendo abordar tres actitudes básicas que han de impregnar la actividad universitaria para que esta sea un espacio de diálogo y una escuela de diálogo para que la universidad sea así el germen de una verdadera transformación social: el amor a la libertad y su lógica consecuencia que es el pluralismo; el amor a la verdad que mueve a los académicos y se nutre de la experiencia efectiva del crecimiento de la ciencia; y la cordialidad o amable convivencia dentro de la universidad.

LA UNIVERSIDAD COMO ESPACIO DE LIBERTAD: EL PLURALISMO

El monopolio del espacio universitario por parte de lo políticamente correcto es un atentado contra el auténtico espíritu de libertad académica anclado —me gusta verlo así— en la disputatio medieval. Para los viejos maestros, todas las opiniones formuladas con seriedad merecían ser escuchadas y discutidas, pues de cada una de ellas había algo que podíamos aprender. Frente al desacuerdo tóxico, el desacuerdo inteligente. Como el poeta Salinas pone en boca del labriego castellano: “Todo lo sabemos entre todos”.

No hay una única razón universal como pensaron los ilustrados, que solían escribirla con mayúscula inicial en señal de respeto. Los problemas con los que nos enfrentamos tienen facetas, distintas caras, y hay maneras diversas de pensar acerca de ellos. La teorización que los seres humanos hemos desarrollado a partir de nuestras experiencias es sumamente multifacética, es una razón plural (Arregui, 2004). Defender la pluralidad de la razón no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota la realidad; esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas o las diferentes soluciones que se proponen para un problema reflejan de ordinario diferentes puntos de vista. No hay una única descripción verdadera, sino que las diferentes descripciones presentan aspectos parciales, que, incluso, a veces pueden ser complementarios, aunque a primera vista quizá pudieran parecer incompatibles.

La pluralidad de opiniones no es una triste consecuencia de la limitación de la razón humana, sino que, más bien, es consecuencia de nuestra libertad personal y de la gran diversidad de la experiencia humana. No solo las sucesivas generaciones perciben la realidad de manera distinta, sino que incluso cada uno a lo largo de su vida va evolucionando en sus opiniones. Además, quienes viven en áreas geográficas distintas y en el seno de tradiciones culturales diversas acumulan experiencias vitales sensiblemente diferentes. Los seres humanos somos distintos y eso es un tesoro para todos, en particular en el ámbito académico. Quienes defendemos el pluralismo amamos la libertad personal y pensamos que esa pluralidad es enriquecedora.

La defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión del filósofo norteamericano Stanley Cavell— maneras mejores y peores, y que, mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional, los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro. Nuestras teorías, como los artefactos que fabricamos, son construidas por nosotros, pero ello no significa que sean arbitrarias o que no puedan ser mejores o peores. Al contrario, el que nuestras teorías sean creaciones humanas significa que pueden —¡y deben!— ser reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o más refinadas. ¡A eso precisamente nos dedicamos en la universidad!

Esta defensa de la libertad en el espacio académico y de su necesaria expresión plural es consustancial al pensamiento. Podemos decir con rotundidad que sin libertad no hay pensamiento, sin pensamiento no hay libertad y sin ambos no hay universidad.

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Hace muchos años tuve ocasión de acudir a Upsala para un congreso de lógica. Me impresionó un lema grabado en letras doradas sobre el dintel de mármol de la puerta del aula magna, el cual decía así: “Tanka Fritt är Stort, Tanka Rätt är Storre”. Se trata de un aforismo del filósofo sueco Thomas Thorild (1759-1808) que puede traducirse como “pensar con libertad es bueno, pero pensar correctamente es todavía mejor”. Quienes somos optimistas acerca del uso de la razón humana evitamos contraponer libertad y verdad, pues estamos persuadidos —con Charles S. Peirce y tantos otros filósofos de la ciencia— de que la libertad humana está inclinada a la verdad: “The essence of truth lies in its resistance to being ignored [La esencia de la verdad se encuentra en su resistencia a ser ignorada]” (Peirce, 1931-1958, CP 2.139).

El tema de la verdad es una cuestión enrevesada, en la que se entrecruza buena parte de los puzzles y debates que atraviesan la filosofía, la ciencia y la cultura de nuestro tiempo. Nos encontramos en una sociedad que vive en una amalgama imposible de un escepticismo generalizado acerca de los valores y un supuesto fundamentalismo cientista acerca de los hechos. Se trata de una mezcolanza de una ingenua confianza en la Ciencia —así con mayúscula— y de aquel relativismo perspectivista que expresó el poeta Campoamor (1972) con su “nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira” (p. 148).

La ciencia no es simple experimentación y recolección de datos, sino que, sobre todo, es interpretación de esos datos y de esas experiencias. El progreso científico estriba en el hallazgo de interpretaciones nuevas que amplíen nuestra comprensión. Tanto en las ciencias naturales como en las humanidades, la selección de qué interpretación en un campo de trabajo específico es mejor no depende del capricho personal ni de la voluntad de los poderosos, ni siquiera del consenso de la comunidad investigadora, sino que, a la larga, depende esencialmente de la intrínseca verdad de tal interpretación y, por tanto, de su capacidad —intrínseca también— de persuadir a la razón humana.

Frente al escepticismo posmoderno, la defensa de la capacidad de la razón humana para progresar en la investigación de la verdad —ciertamente con titubeos y rodeos— está anclada en la experiencia histórica del efectivo crecimiento del árbol del saber a lo largo de sus diversas ramas. La verdad es primordialmente aquello que los seres humanos anhelamos y buscamos. La verdad buscada es la verdad objetiva, es decir, la verdad que constituye el objeto de los afanes compartidos en el espacio y en el tiempo de cuantos dedican su vida y su trabajo a saber y a generar nuevos conocimientos: esto no se refiere solo a las ciencias naturales, sino también —y quizá, sobre todo— a las más profundas aspiraciones de las personas por comprender el misterio que envuelve sus vidas.

Los académicos aspiramos a vivir de acuerdo con la verdad, con la mejor verdad alcanzada. Con Hilary Putnam —y con una gran tradición de pensadores anterior a él— me gusta distinguir entre la Verdad con mayúscula y las verdades que los seres humanos forjamos. Estas últimas, las verdades que los seres humanos han conquistado laboriosamente mediante su pensar, son el resultado de la historia. Veritas filia temporis, repetían los escolásticos al citar al historiador romano Aulo Gelio (125-175 d. C.). Que la verdad sea hija del tiempo significa también que la verdad del futuro depende de nuestra libre actividad, de aquello que cada persona aporte al crecimiento de la humanidad y al desarrollo y la expansión de la verdad. Como reza la conocida metáfora medieval, somos enanos a hombros de gigantes. Al construir, sobre los esfuerzos de quienes nos precedieron, llegamos a ver más lejos y con más nitidez que ellos.

LA CORDIALIDAD ACADÉMICA

Me encantó leer hace algún tiempo el libro Lo que hacen los mejores profesores universitarios (2006) de Ken Bain. Aunque el libro esté centrado en la vida académica estadounidense —que es una realidad bastante distinta de la nuestra—, su lectura puede ayudar mucho a los profesores universitarios de otros países que quieran aprender de las experiencias de sus mejores colegas norteamericanos. El rasgo más característico de los mejores profesores universitarios es que están interesados por encima de todo en que sus alumnos realmente aprendan y, para lograrlo, están dispuestos a cambiar sus métodos, sus actitudes y todo lo que sea preciso. “Buscamos personas que sí pueden conseguir peras de lo que otros consideran que son olmos, personas que ayudan constantemente a sus estudiantes a llegar más lejos de lo que los demás esperan”, explica Bain (2006, p. 18) al principio de su libro.

Ya Plutarco en su De recta ratione audiendi advirtió que educar no es llenar un vaso, sino más bien encender un fuego (como se cita en Lorda, 2016). Los mejores profesores son siempre quienes encienden el afán de aprender de sus estudiantes. “Los mejores educadores pensaban en su docencia como algo capaz de animar y ayudar a los estudiantes a aprender” (Lorda, 2016, p. 62). Los buenos profesores no se plantean solo los resultados en su asignatura, sino que la cuestión decisiva para ellos es siempre: “¿Qué podemos hacer en el aula para ayudar a que los estudiantes aprendan fuera de ella?” (Lorda, 2016, p. 65). Están realmente interesados en el crecimiento personal de sus estudiantes y en qué pueden hacer ellos para ayudarlos en ese proceso.

Me llamó la atención que los mejores profesores “tienden a tratar a sus estudiantes con lo que sencillamente podría calificarse como amabilidad” (Lorda, 2016, p. 30), “escuchan a sus estudiantes” (Lorda, 2016, p. 53), “evitan el lenguaje de las exigencias y utilizan en su lugar el vocabulario de las expectativas. Invitan en lugar de ordenar” (Lorda, 2016, p. 48). Los mejores profesores, a fin de cuentas, son aquellos que quieren a sus estudiantes, quieren que crezcan y ponen al servicio de ese objetivo toda su ciencia y todos sus afanes. Sin duda alguna, la cordialidad es un elemento central para la calidad de la vida académica. Esa cordialidad ha de expresarse en la colaboración afectuosa de unos profesores con otros, en el trabajo en equipo, en el aprendizaje cooperativo y en tantos otros aspectos que hacen tan amable la vida universitaria y el trato entre profesores y alumnos.

La penosa imagen de la universidad decimonónica atravesada por guerras sin cuartel entre profesores de diversas tendencias o escuelas debe dar paso en el siglo xxi a una universidad abierta y plural, en la que el trabajo en equipo y la efectiva colaboración interdepartamental e interdisciplinar sean la tónica dominante habitual. Trabajar en colaboración no significa uniformidad, sino que supone amor a la libertad y entusiasmo por el pluralismo.

CONCLUSIÓN

En una visita a la Universidad de Roma III en febrero del 2017, el papa Francisco, después de atender las preguntas de cuatro estudiantes, dejó a un lado el discurso que traía preparado e improvisó unas palabras (De Juana, 2017). Según la crónica de prensa, el papa se refirió a las llamadas “universidades de élite” (De Juana, 2017, párr. 2), en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías: “Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad” (De Juana, 2017, párr. 2). En este sentido, destacaba el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo:

La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo. (De Juana, 2017, párr. 2)

Esta afirmación, de tanta raigambre en la tradición universitaria, traía a mi memoria aquello que John Henry Newman (2013, p. 89) planteaba en The Idea of a University sobre que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de bienes espirituales entre estudiantes y profesores no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman (2013), durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente entre profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y ensanchar su corazón en favor de la humanidad.

Debo terminar y quiero hacerlo recordando un pasaje de George Orwell en el prólogo de Rebelión en la granja: “Libertad significa el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”, pero querría en esta ocasión corregirlo levemente así: libertad significa el derecho de decirle a la gente amablemente, con cordialidad, lo que no quiere oír.

Muchas gracias por su atención.

REFERENCIAS

Arregui, J. V. (2004). La pluralidad de la razón. Síntesis.

Bain, K. (2006). Lo que hacen los mejores profesores universitarios (Ó. Barberá, Trad.). Universidad de Valencia.

Campoamor, R. de. (1972). Obras poéticas completas. Aguilar.

De Juana, A. (2017). Papa Francisco arremete contra universidades que imponen ideología y no enseñan a dialogar. ACI Prensa. https://www.aciprensa.com/noticias/63513/papa-francisco-arremete-contra-universidades-que-imponen-ideologia-y-no-ensenan-a-dialogar

Lorda, J. L. (2016). La vida intelectual en la universidad. Fundamentos, experiencias y libros. Universidad de Navarra.

National Conservatism. (2021, 10 de noviembre). J.D. Vance | The Universities are the Enemy | National Conservatism Conference II [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=0FR65Cifnhw

Newman, J. H. (2013). The idea of a university. University of Notre Dame Press.

Nubiola, J. (2018, 8 de febrero). ¿Cómo debe ser un académico? Nueva Revista de Política, Cultura y Arte. https://www.nuevarevista.net/como-debe-ser-un-academico/

Nubiola, J. (2018, 9 de junio). Libertad, verdad, cordialidad: El diálogo como clave de la vida universitaria. Almudi.org. https://www.almudi.org/articulos/12687-libertad-verdad-cordialidad-el-dialogo-como-clave-de-la-vida-universitaria

Peirce, C. S. (1931-1958). Collected papers of Charles Sanders Peirce (C. Hartshorne, P. Weiss & A. W. Burks, Eds.). Harvard University Press.

Rowling, J. K. (2018). Vivir bien la vida. Salamandra.

Stephens, B. (2017, 24 de septiembre). The dying art of disagreement. The New York
Times
. https://www.nytimes.com/2017/09/24/opinion/dying-art-of-disagreement.html

  1. 1 Este texto es una reelaboración de trabajos previos de Nubiola (2018a, 2018b): “¿Cómo debe ser un académico?”, publicado en Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, en febrero del 2018, y “Libertad, verdad cordialidad: el diálogo como clave de la vida universitaria”, publicado en el sitio web
    Almudi.org, en junio del mismo año.