DÍAS DE ZORBA
Alicia del Águila
Cocodrilo Ediciones, 2025
Alonso Rabí Do Carmo
Universidad de Lima, Perú
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Días de Zorba, la breve y emotiva novela de Alicia del Águila nos hace pensar de inmediato en la larga tradición de relatos que, como este, tienen a un perro como protagonista. Haciendo un rápido listado podríamos citar aquí una famosa fábula de Esopo, “Los dos perros del cazador”, donde aparece una figura retórica central: la personificación, es decir, dotar de características humanas a los animales o a seres inanimados. Un segundo ejemplo viene del Siglo de Oro y de la impronta cervantina: “El coloquio de los perros”, una de sus novelas ejemplares, protagonizada por Cipión y Berganza, dos canes que tienen algo de pícaros, mucho de sagaces y, por añadidura, son cultísimos y dominan el arte de la ironía y un fino sentido del sarcasmo. En este caso, añado, la personificación o prosopopeya es extrema.
Aparecen también en este recuento algunos textos peruanos. Para empezar, dos canes de hondura y patetismo pocas veces vistos: Hueso y Pellejo, dolientes protagonistas de Los perros hambrientos, esa gran novela de tinte expresionista y regional de Ciro Alegría, toda una metáfora del hambre, la sequía y la desigual vida peruana. Con una sonrisa sarcástica, casi malévola, se suma un perro con aires de literato que imaginó Antonio Gálvez Ronceros para su nouvelle titulada Perro con poeta en la taberna. Esta criatura de Gálvez Ronceros es singularísima y tejerá a lo largo de la trama una verdadera lección a un soberbio poeta de la capital sobre las ventajas y bondades de la humildad y le hará saber que toda pretensión de gloria es, en el fondo, una muestra de pálida vanidad.
No falta a esta fiesta Flush, el cocker spaniel de la poeta Elizabeth Barret Browning, cuya vida canina narró con elocuencia Virginia Woolf. Y viene ahora Sharik, el perro que va tomando forma humana en la alucinada novela de Bulgákov, Corazón de perro, y que constituye una feroz sátira contra la tiranía soviética, sin descuidar lazos intertextuales con Fausto y Frankenstein. El perro, como se ve, es bastante más que un acompañante leal en la evolución de la vida de los seres humanos, tiene también un lugar importante en la imaginación y en la literatura, como se ha visto en los ejemplos mencionados.
A riesgo de convertir esta intervención en la nómina de una ilustrísima perrera, llega a nuestros días Zorba, un perro peruano, pariente del xoloitzcuintle mexicano, perro de piel caliente, pelo eventual y propiedades curativas, ya que, según indica la sabiduría popular, se le cuenta entre los mejores consuelos a los que pueden apelar quienes padecen de asma y otros males bronquiales.
Zorba es un personaje singular. Es en principio un perro sin dueño, acogido y adoptado. Su primera aparición tiene que ver entonces con su origen precario y una aparente fragilidad. Además, Zorba está incompleto, le falta una pata. Esta nouvelle fragmentaria, coherente con su constitución interior, nos ofrece un personaje fragmentado. La presentación del personaje coincide con las primeras líneas, donde vemos su incompletitud: “Zorba danzaba con torpeza. Braceaba nervioso con su única pata delantera mientras daba vueltas y vueltas, como tratando de encontrar detrás de sí un secreto esquivo” (p. 11).
El personaje goza también de cierto perfil heroico. El narrador indica que se trata de “un superviviente, un acróbata jubilado”. En efecto, Zorba ha sobrevivido a una vida llena de peligros, debido a todo el tiempo que pasó expuesto a las duras condiciones de vida en esa cruenta escuela que es la calle: indiferencia, hambre, violencia, peleas, mordidas, cicatrices, dolorosos trazos de garrapata sobre su piel.
Es aquí donde se puede establecer uno de los paralelismos más importantes que organizan el relato: Zorba es un sobreviviente; la persona que lo acoge, Noelia, sobrevive también a la pandemia de COVID-19, ese oscuro episodio que hizo visible la existencia de una sociedad salvaje, envilecida y codiciosa para la cual la vida valía lo que pesaran los bolsillos o las carteras de cada persona.
Días de Zorba es un relato que nos muestra directamente el rostro de la empatía. Es un relato que desarrolla la creación de los vínculos afectivos y los problemas que los rodean, los acompañan o los acechan. Hay estoicismo en Zorba, y mucha resiliencia. Su capacidad para cambiar de ambientes, lo que incluye volver temporalmente a la calle, mientras espera el regreso de Noelia, completan esa heroicidad que mencioné antes.
La estructura es episódica, lineal, tiene una lógica de secuencia y su división en cuadros numerados de diversa duración resulta ideal para cumplir su cometido: la narración de vínculos del pasado y del presente son vistos desde la cotidianidad y el recuerdo. Noelia y Zorba tienen un pasado que no altera el lazo afectivo y cómplice que crean entre ellos.
En su brevedad, Días de Zorba tiene un poder evocador muy considerable. Ya mencioné que se recuerda la época de la pandemia, pero, a partir del nombre del personaje, Zorba, se nos tiende un lazo a ese revelador momento en que vimos, aterrados, al demencial Abimael Guzmán bailando como en Zorba, el griego mientras su cúpula de la muerte aplaude y celebra en estado de ebriedad.
El final de la historia no es menos importante, porque hay una sutil alusión al universo de César Vallejo, específicamente al poema “Masa”, de España, aparta de mí este cáliz, cuando se dice de Zorba que “echóse a brincar”; es decir, es su forma de volver simbólicamente a la vida, igual que el miliciano vallejiano que, luego del grito fraterno de miles de hombres, se incorpora y “echóse a andar”. Es una muestra de que la intimidad no es esa burbuja que nos imaginamos siempre, sino que, por el contrario, es una manera distinta de entender la experiencia social en sus variadas dimensiones.
Narrada con agilidad y sapiencia, esta historia navega entre la ternura y el dolor, la soledad y la comunión. Vista desde otro ángulo, acaso más alegórico, puede acercarnos también a las entrañas del tejido colectivo, sus resortes más luminosos y también los más oscuros. En suma, es una novela breve, sí, pero que muestra con intensidad su apuesta por la vida.