Verdades a medias, mentiras completas: el juego
de espejos de la historia

Half-truths, complete lies: the hall-of-mirrors
game of history

Jesús Turiso Sebastián

Universidad Veracruzana, México

[email protected]

https://orcid.org/0000-0002-3870-4279

doi: https://doi.org/10.26439/en.lineas.generales2025.n014.8457 Recibido: 28.08.2025 / Aprobado: 24.09.2025

Resumen

Este artículo analiza la instrumentalización política e ideológica de la historia, tomando como eje las narrativas de la leyenda negra y la leyenda blanca en el caso español. A través de un enfoque epistemológico, se defiende que la historia, como disciplina científica, se fundamenta en el método histórico, el cual permite construir conocimiento objetivo frente a la subjetividad de la opinión o la memoria interesada. El texto advierte sobre los riesgos de reducir el pasado a dicotomías morales (buenos/malos) y de utilizarlo como herramienta para justificar identidades colectivas o agendas presentes. Finalmente, postula que solo una historia crítica, alejada de juicios anacrónicos y comprometida con la complejidad de los procesos históricos, puede superar estas distorsiones y cumplir con el compromiso con la verdad enfocada en la comprensión del pasado.

PALABRAS CLAVE: manipulación / leyenda negra / leyenda blanca / identidades colectivas / historia crítica

Abstract

This paper analyzes the political and ideological instrumentalization of history, using the narratives of the black legend and the white legend in the Spanish case as a central axis. Through an epistemological approach, it argues that history, as a scientific discipline, is grounded in the historical method, which enables the construction of objective knowledge as opposed to the subjectivity of opinion or biased memory. The text warns against the risks of reducing the past to moral dichotomies (good/evil) and using it as a tool to justify collective identities or present-day agendas. Finally, it posits that only a critical history, free from anachronistic judgments and committed to the complexity of historical processes, can overcome these distortions and and fulfill the commitment to truth aimed at understanding the past.

KEYWORDS: manipulation / black legend / white legend / collective identities / critical history

En las sociedades de nuestro presente, donde la materialidad de las cosas y las actividades humanas son valoradas conforme a su utilidad práctica, la pregunta fundamental a la que se recurre para establecer dicho valor es: ¿para qué sirve? Esta interrogante exige, ante todo, que la respuesta sea social: ¿cuál es el valor general o qué función aporta a la colectividad?

Marc Bloch iniciaba su libro Apología para la historia o el oficio del historiador (1949/2001) —texto que todo estudiante de Historia ha debido leer en algún momento de su trayectoria académica— con una pregunta que remite a la búsqueda de la función social: “Papá, explícame para qué sirve la historia”. Esta pregunta, que puede resultar incómoda para algunos historiadores de la vieja escuela por su carácter provocativo, da por sentada la necesidad de justificar socialmente la disciplina. Es cierto que, sobre otras disciplinas del saber, no se cuestionaría su valor para la sociedad: para qué sirve la medicina, el derecho o la ingeniería. Sin embargo, los profesionales de la historia nos vemos en la necesidad de argumentar constantemente la importancia de que toda sociedad conozca su pasado. Esta realidad histórica solo puede ser alcanzada y comprendida mediante las preguntas que formula el historiador para develarla.

De ahí el primer enunciado: el análisis de la historia no es cuestión de opinión, sino de método. En la actual sociedad de la información y el conocimiento, cualquiera puede opinar sobre historia en redes sociales o blogs como si se tratara de una discusión donde todos tienen una postura. De tal manera, hoy día cualquiera pontifica de historia —hasta incluso algún catedrático universitario de pluma fácil y vesánica— como si de una discusión de fútbol se tratara, en la que todos tenemos una opinión, lo que lleva así a la historia al peligroso territorio de las ideologías y la sustrae de su real estatus ontológico. El estudio científico de la historia (entendimiento) se opone radicalmente a la doxa (opinión). El entendimiento se genera a partir de la aplicación de un método objetivo, mientras que las opiniones pertenecen al ámbito de la subjetividad. El conocimiento histórico se construye sobre las premisas del método histórico, lo que por sí mismo confiere validez objetiva a la obra histórica. Los principios generales del método y la veracidad de los enunciados del historiador son independientes de su circunstancia personal, es decir, de sus creencias, simpatías o antipatías. La objetividad histórica es la objetividad del método, por consiguiente, la investigación y la escritura históricas no son cuestión de voluntad, sino de método. Este proporciona las herramientas críticas para analizar las fuentes, alejando al historiador de la falsificación de la verdad histórica, a menudo determinada por intereses espurios de legitimación. Esto no significa que no exista un espacio subjetivo en el trabajo del investigador: la subjetividad en las ciencias no solo se da, sino que además es necesaria porque es el sujeto investigador el que desarrolla la investigación. En este sentido, la reconstrucción histórica surge de la interacción entre los testimonios objetivos y la subjetividad del historiador. Esta subjetividad, lejos de hacerla falsa, es constitutiva: el historiador define el relato al seleccionar e interpretar los hechos, por lo que el hecho histórico es en sí mismo un producto intelectual resultado de la aplicación del método histórico. Los historiadores no pueden ser observadores totalmente objetivos, ya que están influenciados por su contexto. Sin embargo, a diferencia de un manipulador o falsificador, su labor exige apego a la evidencia y les impide afirmar lo que saben falso. El principal riesgo del oficio es analizar los hechos históricos de forma aislada, sin considerar el contexto más amplio.

El segundo enunciado: no existe la historia si el historiador no hace las preguntas pertinentes a la historia. Es el historiador quien, mediante un análisis riguroso de las fuentes —más allá de mitos o memorias colectivas arbitrarias y subjetivas—, da sentido a las realidades pasadas y presentes desde un orden reconocido: el método histórico. El método en las ciencias es el triturador de la parcialidad fútil de las opiniones, de las creencias basadas en la fe ideológica y de la fragilidad de las memorias subjetivas. Yo puedo creer firmemente que los extraterrestres construyeron las pirámides, sin embargo, la ciencia demuestra, valiéndose del método, que fueron los egipcios, seres de carne y hueso, los artífices de la construcción de esos monumentos funerarios.

Volviendo a la cuestión inicial sobre la utilidad de la historia, acudiremos a la respuesta de Lucien Febvre (1953/2017), quien sostenía que su misión principal consiste en organizar el pasado en función del presente. Lamentablemente, esta función viene acompañada de un peligro tan común como el de utilizar de manera tácticamente pragmática la historia como excusa para manipularla. Decía Julio Caro Baroja (1992) que “el demonio que provoca la falsificación tienta a toda clase de seres humanos” (p. 17). Los historiadores somos conscientes de esto y luchamos contra ello, pero siempre tenemos la espada de Damocles sobre nuestra cabeza al ejercer nuestro oficio, debido a las implicancias éticas, políticas, conceptuales, epistemológicas y metodológicas que supone develar realidades históricas que no se ajustan a necesidades del presente.

Tercer enunciado, relacionado con el anterior: son los historiadores quienes escriben la historia. Aunque a primera vista parezca una obviedad, deja de serlo cuando se instala en el inconsciente colectivo la idea de que “la historia la escriben los vencedores”. Esta expresión se ha convertido en lugar común y se repite como mantra, se relaciona con los discursos del poder que manipulan la historia con fines doctrinarios, como construir una identidad nacional unitaria. Este enunciado implica al menos tres conjeturas aparentes que contradicen la realidad ontológica de la historia: primero, se predica que la historia, al ser escrita por los que vencen, es previsible y está determinada; segundo, que son los vencederos los que organizan la historia y deciden los hechos históricos merecedores de ser destacados; y, tercero, si la historia es la historia de los vencedores, se consuma en reduccionismo obsceno —en el sentido original del término de fuera de escena a partir del relato maniqueo de buenos y malos. El filósofo transterrado de la Guerra Civil española, José Gaos, puede considerarse un representante de esta visión reducida de la historia. En 1952, publicó un texto en el que analizó la emigración española a México desde una perspectiva filosófica e histórica, donde distinguió entre dos tipos de emigrantes a partir de su concepción de la patria y su actitud hacia la integración cultural. Aunque Gaos no emplea explícitamente el término malos, su análisis sugiere una clara valoración ética y cultural de las actitudes migratorias. Para Gaos, los buenos emigrantes serían aquellos que, como los republicanos españoles exiliados, adoptan una identidad flexible, se integran en la sociedad mexicana y contribuyen a la formación de una comunidad hispanoamericana dinámica y mestiza (Gaos, 1996, pp. 552-556).

Hoy estamos inmersos en una lucha por la historia transformada en sustancial. En ningún momento del pasado los seres humanos fueron tan conscientes de la función de la historia para justificar acciones e intervenciones presentes como ahora, porque, como diría Hobsbawm (2004), el pasado legitima y ofrece un fondo glorioso a un presente que no lo es tanto. Si la historia la hacen los vencedores, se deduce que la historia no es un fin en sí misma, sino un arma para alcanzar intereses de poder, por lo que el relato histórico estaría viciado y la realidad histórica sería arbitraria.

Un cuarto enunciado que se deriva de este: la medida de lo histórico no la establece el poder, sino que son los historiadores los que determinan la historicidad de los hechos. Esto se debe a que el historiador, mediante el método histórico, estará capacitado para evaluar y establecer qué acontecimientos son históricos y cuáles no. Por ejemplo, que miles de europeos hayan venido a América es irrelevante para la historia; sin embargo, que Colón llegara el 12 de octubre de 1492 sí es un hecho histórico, pues permitió el encuentro de dos mundos desconocidos entre sí y tuvo una trascendencia fundamental para la humanidad. En consecuencia, es el historiador quien decide qué hechos son históricos y en qué orden deben formularse.

No obstante, en nuestro presente se ha llegado a un estado cataléptico de la realidad de las cosas en el que resulta muy fácil carenar la historia desde la arbitrariedad subjetiva y utilitaria. Ejemplifiquemos esto, primero, con el fenómeno de la falsificación de la realidad histórica que se ha perpetuado desde hace siglos: la leyenda negra1. Ello nos lleva a establecer un quinto enunciado: la leyenda negra es una adulteración de hechos históricos, una mezcla de verdades y mentiras que responde a una falsa asignación moralizadora de la historia de sentenciar quiénes son los malos y de glorificar a los considerados como buenos. Si bien el término de leyenda negra no aparece hasta finales del siglo xix2, intrínsicamente ligado al de leyenda áurea, acuñado por el dominico Santiago de la Vorágine, sus raíces se remontan al siglo xvi. Intelectuales como Erasmo de Rotterdam o Juan Luis Vives criticaron entonces la obra de De la Vorágine. La leyenda negra fue una maniobra propagandística contra el Imperio español, elaborada desde Inglaterra a partir de los escritos de Antonio Pérez3, secretario de Felipe II, y de la obra de Bartolomé de las Casas. Se construyó así un mito que presentaba a los españoles como bárbaros, fanáticos, incultos y enemigos del progreso. Estos enunciados, basados en tergiversaciones, han tenido tanto éxito que hoy se asumen como verdades históricas indiscutibles, hasta el punto de que muchos españoles los han aceptado de manera acrítica. El mito de la España guerrera, intolerante y asesina se forjó en un contexto histórico muy definido: la emergencia del Estado moderno, cuando España surgió como imperio global y potencia dominante política y espiritualmente. Afirma Joseph Pérez (2009) que

la leyenda negra representaba la hostilidad de las naciones del norte de Europa hacia las naciones del sur. Las primeras, protestantes y anglosajonas, se consideraban superiores a las otras, católicas y latinas y, en particular, a la más representativa de ellas: España. (p. 13)

Aunque el término se ha aplicado en otros contextos, quien lo lleva como epíteto es la historia de España. Pero ¿en qué consiste la leyenda negra? Julián Juderías (1914), divulgador fundamental del término, la definió como

las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad; la negación, ó [sic] por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados ó [sic] falsos en su totalidad, y finalmente, la afirmación, contenida en libros al parecer respetables y verídicos y muchas veces reproducida, comentada y ampliada en la Prensa extranjera, de que nuestra Patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupo de las naciones europeas. (pp. 14-15)

A pesar del tiempo transcurrido, la leyenda negra sigue viva, repitiéndose hoy los mismos argumentos creados hace cinco siglos. La tradición mitificada ha adquirido rango de certeza histórica y moral. La realidad de los hechos importa menos que la imposición de una moralidad o lecciones morales que se supone debe extraerse de la historia.

Otra fórmula de distorsión histórica es la antítesis de la leyenda negra: la leyenda áurea o dorada, blanca o rosa. Aunque estas denominaciones suelen referirse al mismo fenómeno de visión idealizada, aquí distinguiremos entre ambas. La leyenda áurea o dorada, promovida por el dominico italiano Santiago de la Vorágine4, la circunscribimos a su definición original etimológica (del latín lego, ‘leer’), no a la actual de relato fabuloso que glorifica y oculta excesos. El concepto de leyenda blanca5 lo utilizaremos, primero, en contraposición etimológica a leyenda negra y, segundo, considerando su intencionalidad identitaria y cultural que blanquea la historia y ofrece una visión sublimada y laudatoria de la misma, generalmente con fines identitarios, como sucede con el nacionalismo español. En este sentido, la construcción de mitos colectivos convierte la historia en instrumento de propaganda. Por ejemplo, durante la dictadura de Franco, la escuela española empleó el mito de la reconquista y la expulsión de los musulmanes como logro de cohesión nacional e integridad religiosa. La narrativa propagandística equiparaba a los reyes católicos con Franco, presentándolo como caudillo que culminaba la misión histórica de restaurar una España católica y unificada. La perspectiva de la leyenda blanca comparte con la negra una visión acrítica que la aleja de la objetividad, lo que distorsiona la comprensión histórica. La historia, como ciencia sujeta al método histórico, no es el resultado de oposiciones artificiales, sino de una dialéctica compleja, como muy bien apunta el profesor Carlos Aguirre (2005, p. 113), entre fundamentos universales, recurrentes y usuales con otros particulares, únicos y originales.

Esto último nos lleva a un sexto enunciado: la historia no es la moral y, por ende, no solo no emite juicios morales —no le corresponde—, además tampoco dispone de utillaje conceptual propio para llevarlos a cabo. Exigir a la historia que establezca juicios morales es resultado de la autoridad que se le concede, al entender erróneamente que puede proporcionar una guía pragmática para el presente (magister vitae). Umberto Eco (1997, p. 59) en Interpretación y sobreinterpretación señalaba que todos los humanos pensamos en términos de identidad y semejanza, pero de ahí no se deduce que las interpretaciones basadas en semejanzas pasadas correspondan con la verdad histórica. Todos los presentes históricos son diferentes y también lo son sus valores; por consiguiente, es un error aplicar juicios morales contemporáneos a un pasado que ya no existe, excepto en las fuentes documentales. Aunque ciertos fenómenos muestren similitudes entre pasado y presente, valorativamente tienen implicaciones morales distintas. Por ejemplo, la fornicación en los siglos xvi-xix tenía connotaciones morales y delictivas muy diferentes a las actuales6. La mentalidad de una época refleja su vida; se piensa y siente en función de cómo se vive. Así, las ideologías presentes, cargadas de moralidad arbitraria, elaboran visiones unidimensionales que distorsionan la historia y dejan un universo interpretativo abierto al servicio de la política. Esto imprime identidades y favorece tergiversaciones legendarias. La historia desde esta perspectiva se convierte en un instrumento para hacer prevalecer una visión interesada del pasado, urdiendo símbolos indeseables que divergen de la verdad de los hechos. No es baladí postular: “Cuando las ideologías e identidades entran por la puerta, la historia salta por la ventana”. La historia no es una narrativa lineal simple, sino un conjunto complejo de eventos y procesos interconectados que nos pueden ofrecer diversas perspectivas. El conocimiento histórico es complejo y no puede reducirse a un plebiscito dicotómico entre opresores u oprimidos, víctimas o verdugos, es decir, en la representación de un drama de héroes y de villanos. A propósito de esto, resulta acertada la reflexión de Gustavo Bueno (2019) al analizar las percepciones valorativas erróneas sobre el Imperio español:

la cuestión estaría mal planteada de este modo, desde el momento en que se pretende distinguir, según un esquema dualista, el “lado bueno” y el “lado malo” del Imperio, su anverso y su reverso (la cruz y la espada, etcétera). En realidad, no habría ni lado bueno ni lado malo, ni anverso ni reverso. Todo sería cuestión de las escalas con las cuales nos aproximamos a la realidad: o bien utilizamos una escala “molecular”, o bien utilizamos una escala “molar”. Las figuras que percibimos a escala molar no existen “a pesar” de las figuras que percibimos a escala molecular, sino que se hacen a través de ella. El Imperio hispánico, como cualquier otro Imperio, arroja “figuras históricas” (a escala molar) que, buenas o malas, sólo pueden ser el resultado de las actividades o de grupos de individuos particulares (moleculares) presididos por leyes psicológicas (etológicas) ligadas a la ambición, a la envidia, al miedo, al orgullo, a la dureza de corazón. (p. 348)

Por este motivo, será obligación del historiador develar la verdad —en el sentido de quitarle el velo que la cubre—, acercarse a ella lo máximo posible mediante las fuentes históricas contrastadas y el conocimiento histórico, y desmitificarla como producto de consumo cultural que pretende asignar buenos y malos en la historia, evitando generalizaciones y simplificaciones.

Un séptimo enunciado señala: el abuso de la historia para justificar agendas culturales produce efectos identitarios. La historia es tanto un registro del pasado como una interpretación de la realidad histórica desde las preguntas que le formulamos desde el presente. Por ello, se ha convertido en un marco incomparable para la batalla cultural actual por el relato, que sirve a intereses políticos, ideológicos o identitarios. Narrativas como las leyendas negra y blanca impactan en la construcción de identidades. La historia puede generar dos tipos de efectos antitéticos. Un efecto es de enojo y culpabilidad, exaltado por memorias oficiales sesgadas, que atribuye las desgracias presentes a un enemigo externo o a una mala gestión del pasado. Por ejemplo, la leyenda negra sobre España, promovida por rivales como Inglaterra y Países Bajos en los siglos xvi y xvii, afectó la autoimagen española y generó sentimientos de culpa o inferioridad. Esta narrativa no solo afectó a su imagen internacional, sino que, como se señaló más arriba, también terció en la forma en la que los propios españoles se autopercibieron en distintos momentos del pasado7. El segundo efecto, de carácter catártico y autocomplaciente, pone de manifiesto la grandeza de una sociedad basada en los éxitos —reales o imaginarios— de su historia. Por ejemplo, la leyenda blanca de la colonización británica en América del Norte justificó el expansionismo y forjó una identidad nacional estadounidense basada en el manifest destiny8 y una misión civilizatoria. Ambas situaciones personifican la existencia de una clara desviación de la realidad de la historia, que muestra cómo la historia sesgada y manipulada elabora imágenes concretas de una nación y su gente.

En la España actual, las dos corrientes legendarias han entrado en el ámbito político y han asumido posiciones antagónicas: la izquierda, más cercana al discurso negrolegendario, considera que la identidad más oscura de España —basada en la opresión, la intolerancia y el saqueo— es la base de su unidad nacional; las posiciones conservadoras o de derecha asumen una visión positiva o idílica desde la leyenda blanca o dorada. Cada posición cuenta con sus propios historiadores de cabecera. Ambas comparten una deriva idealista hacia extremos opuestos que, finalmente, impugna la historia científica. Esto ha resultado en una apropiación indebida de la historia por la política mediante propaganda, memoria selectiva y fragmentación de la realidad para imponer agendas presentes justificadas en el pasado.

Desde el siglo xix, la historia tiene significativas implicancias políticas. Esta tendencia se ha naturalizado en la modernidad líquida actual y en la era de la posverdad, utilizando la historia para justificar agendas ideológicas. Los intereses políticos convierten a la historia en víctima propiciatoria para sus propósitos. Julio Caro Baroja (1992) constataba que “cuando una sociedad está preocupada por algo que se da en el tiempo con notas muy distintivas y fuertes, ese algo, produce falsificaciones” (p. 20). De este modo, la necesidad de generar una conciencia social determinada transformará la historia en una víctima susceptible de manipularse para alcanzar los objetivos de las agendas políticas. Un ejemplo evidente se puede observar en las narrativas vinculadas al nacionalismo, que reconoce la influencia de la historia, no solo como creadora de conciencia colectiva e identidad, sino también como una solución con ventajosas propiedades catárticas tanto sociales como políticas. En ese sentido, la conclusión es clara desde la visión del historiador: cuando la historia es manipulada por exigencias e intereses fraudulentos, deja de ser historia y se convierte en propaganda doctrinal.

En nuestro presente, caracterizado por sociedades líquidas (Bauman, 2003)9 e individuos flotantes (Bueno, 1981)10, se interiorizan relatos procesados conforme a las ideologías y, de esta manera, se van elaborando identidades impostadas en relación con ellos.

Esto último nos lleva a un octavo enunciado: la instrumentalización de la historia adaptada es una pieza fundamental en el discurso esencialista de la identidad. No es de extrañar, como sostiene García Cárcel, que se recurra a “la exaltación narcisista del pasado glorioso apoyado casi siempre en una visión arcádica de las propias instituciones y la permanente explicación de los problemas propios en función del enemigo exterior, vinculado, en estos casos, al Estado” (1994, p. 181). Por ejemplo, desde los discursos del poder político y cultural se asimila el presente con el pasado prehispánico mexica con naturalidad y desprecio al rigor histórico, aunque México como entidad política no existía hace quinientos años (Turiso, 2022, pp. 60-63). El nacionalismo opera vinculando identidades pasadas —poco parecidas a las actuales— con el presente, para legitimar la conciencia nacional actual y las políticas derivadas, mediante un proceso de analogía y semejanza donde el relato se representa como “desplazamiento analógico” en un universo de semejanza (Eco, 1997, p. 58). Atribuir a los mexicanos actuales la misma esencia identitaria que a los habitantes de hace quinientos años es una falsedad histórica. La diferencia basal entre historia verdadera y ficticia es que la primera puede confirmarse, y la segunda no. Por medio de este ejemplo se puede observar cómo las narrativas nacionales reconocen el poder de la historia no solo como herramienta para forjar conciencia colectiva e identidad, sino también como un recurso con propiedades simbólicas balsámicas para cohesionar sociedades y justificar agendas políticas. Su objetivo primordial no es otorgar significado al pasado, sino legitimarse a través de él. Recurre a la historia y la manipula no como un fin en sí mismo, sino como un medio para validar determinadas agendas. Hobsbawm (2004, p. 141) se preguntaba si el nacionalismo no se ha visto favorecido incluso por la investigación académica rigurosa, aunque use con igual eficacia falsificaciones históricas o estudios rigurosos pero alineados ideológicamente. La respuesta es afirmativa: las historias oficiales nacionalistas privilegian sistemáticamente el mito sobre la verdad, porque las narrativas identitarias requieren relatos maleables, no hechos incómodos. En este marco, se evidencia que la ficción no solo es más útil que la realidad histórica, sino que se erige como una verdad superior, funcional a los intereses políticos identitarios de un determinado momento.

Este proceso exige una revisión selectiva de la historia: ajustar el pasado a las demandas del presente. No se trata de comprender la complejidad de los hechos, sino de moldearlos para crear un linaje simbólico que justifique poder, unidad o exclusión. La historia, en manos del nacionalismo, se convierte en un campo de batalla donde los mitos se anteponen al rigor histórico. Un atractivo añadido de la historia mítica es su versatilidad para desviar la atención de problemas presentes, ofreciendo una distracción hacia eventos pasados inertes.

Un noveno enunciado: la superación de las prácticas de la judicialización histórica será posible a partir de la historia crítica. La relación entre la historia y los mitos culturales legendarios es compleja y multifacética, como se ha podido comprobar. Asumir lo negrolegendario o lo blancolegendario como realidad del pasado evidencia cómo la historia está siendo manipulada para servir a intereses ideológicos y crear narrativas identitarias. Al adoptar un enfoque crítico y objetivo, podemos superar estos peligros y construir una comprensión más completa y precisa del pasado. La historia no es un relato estático, sino un diálogo constante entre el presente y el pasado. La realidad es compleja, en ocasiones inescrutable; el historiador crítico rechazará las simplificaciones y manipulaciones. La historia crítica se abstiene de emitir juicios fáciles de condena o alabanza, trascendiendo su propósito a tales valoraciones superficiales. Por lo mismo, reconoce que el pasado es un entramado complejo de eventos, acciones y personajes, donde las causas y consecuencias no son ni pueden ser lineales ni unívocas.

La historia crítica se resistirá, por tanto, a las interpretaciones simplistas que buscan encajar el pasado en categorías predefinidas de bueno o malo. La labor del historiador no consiste en juzgar el pasado, sino, como dice el maestro Marc Bloch, en comprenderlo en su contexto y complejidad. Esto implica analizar las diversas perspectivas y motivaciones de los actores históricos, así como las circunstancias que rodearon sus acciones sin juzgar su intencionalidad. Por último, y parafraseando a Carlos Aguirre (2005), la historia verdaderamente crítica entraña obligatoriamente la posición de considerar todas las historias —pasadas, presentes y futuras—, “perspectivas, dimensiones, órdenes, métodos, técnicas y paradigmas que intentan oponer falsamente los malos historiadores, arguyendo su carácter excluyente y a veces antitético” (p. 113).

A modo de conclusiones, la historia, lejos de ser un simple relato de acontecimientos, es una disciplina con un método propio que le otorga validez científica. A diferencia de la opinión o la memoria colectiva, siempre teñidas de subjetividad, la investigación histórica busca comprender los hechos en su complejidad. Este punto es crucial: sin método, la historia se degrada en mera ideología.

La existencia de narrativas como la leyenda negra y la leyenda blanca evidencia el peligro de convertir la historia en un instrumento de propaganda. La primera condena a España como pueblo atrasado y cruel; la segunda la ensalza como portadora de un destino glorioso. Ambas simplifican y distorsionan el pasado, construyendo imágenes útiles para fines políticos, pero falsas desde el punto de vista científico. Este fenómeno revela que la historia no solo es un campo de estudio, sino también un campo de batalla simbólico, donde los mitos se imponen sobre los hechos para legitimar proyectos identitarios.

De aquí se deriva una consecuencia inevitable: el abuso de la historia para justificar agendas culturales y políticas termina por fracturar la conciencia social. Si el pasado se convierte en un arsenal de acusaciones o en un repertorio de glorias inventadas, la sociedad queda atrapada en visiones polarizadas. Se fomenta la culpa o la autocomplacencia, pero no la comprensión. En ese sentido, la historia cuando se tergiversa y manipula deja de cumplir su función social: en lugar de generar pensamiento crítico, alimenta la división.

Frente a esta situación, la propuesta es clara: avanzar hacia una historia crítica, capaz de superar la judicialización moral del pasado. Esta no debe dictar sentencias de culpabilidad o inocencia, sino desentrañar las múltiples dimensiones de los procesos históricos. El oficio del historiador consiste en develar los mitos y mostrar la complejidad de lo humano en la historia: contradicciones, ambigüedades, motivaciones diversas. Solo así la historia puede ser útil para el presente, no como instrumento de propaganda, sino como herramienta de entendimiento colectivo.

Referencias

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  1. 1 Este sintagma, que como señala Roca Barea no necesita adjetivo porque hace referencia a la española, estará muy presente en la terminología narrativa de un parte de una historiografía nacionalista de comienzos del siglo xx.

  2. 2 Roca Barea (2016, pp. 24-26) indica que esta locución, al parecer, salió de los labios de la escritora gallega Emilia Pardo Bazán en una conferencia ofrecida en París el año 1899, pero fue desarrollada y difundida una década después por Julián Juderías. Sin embargo, el historiador francés P. Chaunu, en “La légende noir antihispanique” (1964), publicado en la Revue de Psicologie des Poples, sostenía que la leyenda negra era un producto paranoide de la psicología de los españoles. Al respecto, véase Payne (2017, p. 17).

  3. 3 Es un clásico de obligada consulta el libro en dos volúmenes de Gregorio Marañón (1951).

  4. 4 Según la profesora Roca Barea (2016, p. 23), el origen del concepto de leyenda áurea debe buscarse en el título de un libro de textos hagiográficos muy difundido del siglo xiii, titulado Legenda sanctorum o Legenda aurea, escrito por De la Vorágine hacia 1264 y cuya influencia fue notabilísima en las representaciones pictóricas y escultóricas de la época del Renacimiento.

  5. 5 La primera referencia que tenemos acerca de este término se puede encontrar en la obra de David J. Weber, The Spanish Frontier in North America, publicada en 1992.

  6. 6 En 1596, se condenó a salir de manera pública portando un sambenito en forma de penitente, abjurar de levi y ser desterrado de tierras americanas por diez años a Domingo Nicolao, caballero de la orden de San Juan, por el delito de simple fornicación. Véase Medina (1991, p. 121). A finales del siglo xviii, los tratados de teología moral todavía consideraban la fornicación, aunque siendo la menor de las formas de lujuria, como un acto depravado y pecado mortal que atentaba contra la buena crianza de los hijos. Véase Lárraga (1780, pp. 526-527).

  7. 7 Esta visión prefabricada de la historia se asumió por las nuevas naciones americanas tras la independencia e incluso perdura, en muchos casos todavía, en la memoria colectiva del presente. La razón estriba en que, ante la necesidad de construir una identidad propia, se precisaba marcar la diferencia y establecer una oposición frente a España. El fenómeno es recurrente, puesto que en nuestro presente también los nacionalismos periféricos españoles utilizan la distorsión histórica negrolegendaria como modo de cuestionamiento de España y distanciamiento de la identidad unitaria.

  8. 8 Es una ideología mesiánica, arraigada en fundamentos religiosos, que se manifiesta como una versión secularizada de la idea del pueblo escogido desarrollada a partir de 1845 y simboliza el deseo de expansión de los Estados Unidos. Este concepto en un momento de construcción identitaria estadounidense otorgó sentido y dirección a la identidad colectiva de la nación, especialmente durante una primera etapa de crecimiento territorial, avance colonial y desarrollo industrial, y fue empleada, por ejemplo, para justificar la expulsión de los nativos norteamericanos de sus tierras.

  9. 9 De acuerdo con Bauman, la realidad de nuestro presente se significa por su carácter cambiante e inestable, es lo que define como modernidad líquida. La sociedad de esta modernidad se distingue por la falta de certeza que es producida por la extrema velocidad de las transformaciones, lo que ha resultado en un debilitamiento de las relaciones interpersonales y en la descomposición de las identidades. Así, todos aquellos lazos que solían ser firmes y estables, en estos momentos, se han convertido en asociaciones temporales y vulnerables.

  10. 10 El individuo flotante es aquel que, desvinculado de las estructuras tradicionales (como la familia, la comunidad local, la religión o el Estado), se encuentra flotando en un espacio social abstracto y globalizado. Este individuo carece de raíces firmes en instituciones o tradiciones concretas y, en su lugar, se relaciona con el mundo a través de medios impersonales y deslocalizados, como internet, los medios de comunicación o las redes sociales.