Adam Smith y la corrupción de los sentimientos
morales: tensiones entre ética y economía

ADAM SMITH AND THE CORRUPTION OF MORAL SENTIMENTS:
TENSIONS BETWEEN ETHICS AND ECONOMICS

Linda Celeste Velásquez Monzón

Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú

[email protected]

https://orcid.org/0009-0002-5003-3567

https://doi.org/10.26439/en.lineas.generales2025.n014.8162 Recibido: 18.08.25 / Aprobado: 15.09.25

RESUMEN

El artículo se centra en la noción smithiana de la corrupción de los sentimientos morales, entendida como el deterioro del juicio moral y de la simpatía a causa de la imitación y admiración de la riqueza. Este enfoque permite comprender cómo en la sociedad comercial el interés propio puede degradar las bases éticas de la vida social. No se pretende aquí ofrecer un diagnóstico empírico de la corrupción contemporánea ni del papel político del sector privado en la corrupción estatal, a la cual Smith tampoco fue ajeno, sino una reconstrucción conceptual del fenómeno, considerando principalmente la Teoría de los sentimientos morales. En este sentido, se cuestiona si el mercado podría conllevar efectos degradantes o corruptivos en las relaciones sociales y, frente a las interpretaciones que proponen a Smith como un mero defensor del liberalismo, se sostiene que, aunque en efecto fue un defensor del libre mercado, también reconoció las posibles consecuencias degradantes de este en las dinámicas sociales, a partir de la obra ya mencionada y de la Riqueza de las naciones.

PALABRAS CLAVE: Adam Smith / mercado / corrupción de los sentimientos morales / juicio moral / espectador imparcial

ABSTRACT

This article focuses on Adam Smith’s notion of the corruption of moral sentiments, understood as the deterioration of moral judgment and sympathy caused by the imitation and admiration of wealth. This perspective allows us to understand how, within commercial society, self-interest can erode the ethical foundations of social life. The aim is not to provide an empirical diagnosis of contemporary corruption, nor an account of the political role of the private sector in state corruption —aspects to which Smith was not entirely indifferent—, but rather to offer a conceptual reconstruction of the phenomenon, considering primarily The Theory of Moral Sentiments. In this sense, the article questions whether the market may entail degrading or corruptive effects on social relations and, against interpretations that present Smith as a mere defender of liberalism, argues that although Smith was a proponent of the free market, he also recognized its possible degrading effects on social dynamics, drawing on both the aforementioned ethical work and The Wealth of Nations.

KEYWORDS: Adam Smith / market / corruption of moral sentiments / moral judgment / impartial spectator

INTRODUCCIÓN

El presente trabajo no busca analizar la corrupción como fenómeno empírico contemporáneo ni abordar el papel del sector privado en la corrupción política. Más bien, su propósito es conceptual y teórico: examinar cómo Adam Smith concibió la corrupción de los sentimientos morales en el marco de la sociedad comercial. Con ello, se pretende mostrar la relevancia filosófica de esta noción smithiana y cómo sus intuiciones pueden iluminar debates actuales sobre el vínculo entre ética y mercado.

La propuesta del presente trabajo consiste en realizar una reflexión ética de la corrupción de los sentimientos morales de Adam Smith, a partir de dos de sus obras fundamentales: La riqueza de las naciones (RN, 1776) y La teoría de los sentimientos morales (TSM, 1759)1. La problemática que enfrenta esta investigación reside en la conceptualización difundida y mayormente aceptada, a mediados del siglo xx, de la corrupción como un delito que implica la subordinación del interés público al interés propio o como la violación de la norma de imparcialidad, que son las que han prevalecido en la literatura de las ciencias sociales (Sparling, 2018). En este sentido, la cuestión se ha focalizado preferentemente en el ámbito del sector público, relegando otras dimensiones del fenómeno.

Ahora bien, trasladada al pensamiento de Adam Smith, la cuestión plantea un problema interpretativo adicional. En el marco de la Ilustración escocesa del siglo xviii, Smith ha sido considerado un autor clave en la configuración del liberalismo económico moderno. Buena parte de la tradición lo ha presentado como un mero defensor del liberalismo y del libre mercado, resaltando el interés propio como motor de la prosperidad social2. Sin embargo, una lectura más atenta de su pensamiento muestra que Smith no se limitó a ofrecer un alegato en favor del comercio, sino que también fue consciente de los efectos degradantes de la sociedad comercial sobre el juicio moral y la vida en común. En este sentido, nuestro análisis parte de una tensión central: por un lado, Smith como defensor del mercado y, por otro, Smith como crítico de los procesos corruptivos que afectan los sentimientos morales.

Conviene precisar, además, que el presente trabajo no pretende ofrecer un diagnóstico empírico de la corrupción contemporánea ni de las prácticas políticas y mercantiles —como el lobby empresarial o la tendencia al monopolio— que Smith también denunció en RN3. Nuestro interés es, más bien, reconstruir conceptualmente el fenómeno de la corrupción de los sentimientos morales como categoría ética, para así resaltar su importancia filosófica en la comprensión de la sociedad comercial. Esta delimitación permite también mostrar la vigencia de Smith en el debate actual sobre los riesgos éticos del capitalismo y el papel de la economía en la vida moral.

En este marco, cabe preguntarse si el mercado, en tanto sociedad comercial, puede degradar los sentimientos morales o corromper el ejercicio del juicio moral de quienes lo integran. Para desarrollar esta cuestión, el artículo se organiza en cuatro apartados. En primer lugar, se revisan las principales interpretaciones sobre Adam Smith y se discute si su pensamiento debe entenderse como estrictamente liberal o si puede abrirse a otras lecturas. En segundo lugar, se aborda la ambigüedad del liberalismo smithiano, resaltando tanto sus coincidencias con los principios del liberalismo clásico como sus matices con respecto al papel del Estado en la actividad económica. A continuación, se analiza la tesis de que la corrupción es inherente a la sociedad comercial, siguiendo la interpretación de Spiros Tegos. Finalmente, se examinan los efectos corruptores de la sociedad comercial sobre el espectador imparcial y la simpatía en la TSM, en la que Smith reconoce las consecuencias éticas más profundas de la corrupción.

LAS INTERPRETACIONES SOBRE ADAM SMITH:
¿LIBERAL O SOCIALISTA?

El vínculo que nos interesa abordar concierne, en términos generales, al que se da entre ética y economía y, de manera más específica, a la corrupción de los sentimientos morales. Con respecto a lo primero, la conexión entre ambas disciplinas ha sido objeto de debate, al punto de que en su momento se llegó a plantear una incoherencia moral y filosófica entre la obra ética (TSM) y económica (RN) de Smith. Este debate, conocido como Das Adam Smith Problem, planteaba la aparente contradicción entre las nociones de interés propio y simpatía presentes en RN y TSM, respectivamente. No obstante, como señala Rodríguez (2017), esta contradicción se disuelve cuando se reconoce que Smith era ante todo un profesor de filosofía moral y que, por tanto, su teoría económica estaba enmarcada en una reflexión ética: “Smith elabora una ética para la sociedad comercial y rechaza la confusión entre el amor propio y el egoísmo” (p. 199). Si bien no desarrollaremos esta problemática, su mención resulta clave para los propósitos del presente trabajo.

Rodríguez (2017) también destaca la dificultad que, a inicios del siglo xx, planteó la lectura tradicional de Smith como pensador liberal. En ese contexto, emergieron interpretaciones disruptivas, como la de Fleischacker (2004), que sugieren que la visión política de Smith se aproxima más a la socialdemocracia del Estado de bienestar que al liberalismo clásico, o, en todo caso, que el liberalismo smithiano debe ser matizado. Rodríguez mismo caracteriza a Smith como un liberal moderado, realista y gradualista, pero lo relevante para nuestra investigación es su exposición crítica de las lecturas que cuestionan el liberalismo de Smith.

En este panorama, las interpretaciones de Smith suelen oscilar entre dos polos: presentarlo como liberal o como intervencionista. La imagen de Smith como liberal ha sido ampliamente acogida por economistas como Friedrich von Hayek, Milton Friedman o Amartya Sen, y reforzada por la Escuela de Manchester en su defensa del libre comercio. En contraste, quienes subrayan su faceta intervencionista señalan las medidas regulatorias que aparecen en la RN, como la acuñación de monedas o las represalias arancelarias. Rodríguez (2017) recuerda que Jacob Viner fue uno de los primeros en advertir estas excepciones al liberalismo de Smith, junto con autores como J. S. Nicholson —quien denunció un retrato liberal distorsionado de Smith— y Lord Acton —quien vinculó la influencia de Smith con la Revolución francesa y el socialismo—. Más tarde, pensadores como Paul Samuelson o Ronald L. Meek continuarían esta línea crítica desde perspectivas intervencionistas o marxistas.

Frente a estas oscilaciones, Rodríguez (2017) advierte que “la utilización simplista, sesgada o reduccionista de las ideas de pensadores célebres para sostener otras teorías o iniciativas políticas concretas es un fenómeno habitual” (p. 200). Tras la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento del comunismo, este fenómeno se intensificó: sectores de izquierda enfatizaron que Smith, considerado un paradigma del liberalismo, no lo era tanto como se había creído.

Más allá de tomar partido en este debate, lo que interesa en nuestro trabajo es situarnos en la ambigüedad de estas interpretaciones. No se trata de determinar si Smith fue liberal o socialista, sino de reconocer que la tensión entre ambas lecturas abre un espacio fértil para examinar la relación entre ética y economía. Así, desde esa complejidad, podremos avanzar hacia nuestro objetivo: un análisis conceptual de la corrupción de los sentimientos morales en la sociedad comercial.

LA AMBIGÜEDAD DEL LIBERALISMO DE ADAM SMITH

Las apreciaciones que presentan a Smith como un autor decididamente liberal encuentran su justificación principalmente en La riqueza de las naciones, obra cuyo sustrato moral se expresa en la defensa de la libertad de los individuos que, en pie de igualdad, realizan intercambios en el mercado con el propósito de obtener beneficio recíproco (Rodríguez, 2017). Ahora bien, la libertad individual es solo uno de los principios que integran el liberalismo clásico. Según Butler (2013), entre los diez principios básicos de ese liberalismo se encuentran la primacía del individuo; la mínima coerción; la tolerancia; un gobierno limitado y representativo; el Estado de derecho; el orden espontáneo; la protección de la propiedad; el comercio y los mercados; la sociedad civil y los valores humanos compartidos.

Para precisar la ambigüedad del liberalismo smithiano, nos centraremos en tres nociones: el orden espontáneo (mano invisible), el gobierno limitado y la sociedad civil4. En los dos primeros casos recurriremos a la RN con el fin de mostrar que, aun dentro de ese texto —con frecuencia leído como manifiesto del liberalismo económico—, aparecen matices que impiden una lectura monolítica. Para la noción de sociedad civil también nos remitimos a la RN, prestando atención a las críticas internas de Smith.

Orden espontáneo (mano invisible) y gobierno mínimo

La mano invisible —metáfora que explica el bienestar y riqueza de la sociedad civil— usualmente ha sido interpretada solo desde la RN, precisamente en vínculo con la libertad y el interés propio. Esto propició que Smith sea visto como partidario de un egoísmo exacerbado, cuando en realidad en la TSM podemos encontrar el balance que existe entre esos elementos de la sociedad civil y el ejercicio de virtudes tales como la justicia y la benevolencia (Del Hierro Carrillo, 2019). Ejemplo de este tipo de lectura parcial la encontramos en la analogía que Friedrich von Hayek (1979/2006) realizó entre la mano invisible y el orden espontáneo de su teoría económico-política.

El economista de la escuela austríaca empleó como antecedente la mano invisible de Smith para justificar el progreso en la sociedad (García Martínez, 2018). Propiamente, Hayek (1979/2006) entendía el orden espontáneo como el medio por el que los individuos persiguen sus intereses y satisfacen sus necesidades de acuerdo con sus propios y limitados conocimientos. Asimismo, este orden surge y evoluciona tanto del comportamiento de los individuos, guiados por normas de recta conducta, como de las organizaciones. Ejemplos de este orden espontáneo son el lenguaje, la familia, la fábrica y también la economía de libre mercado (Gómez, 2011).

Los órdenes espontáneos no requieren de ningún tipo de regulación o intervención (principalmente estatal) o, en el mejor de los casos, esta habría de ser mínima. Por ejemplo, restringir la agresión (Butler, 2013). Por lo tanto, se cumple el principio de la mínima coerción que Butler incluyó entre aquellos propios del liberalismo clásico.

A continuación, veamos entonces la concepción que Smith tenía de la mano invisible y si el orden espontáneo hayekiano le hace justicia. Una de las alusiones a la mano invisible que encontramos en la RN se presenta en relación con la actividad de la sociedad civil y la preferencia por sus dinámicas espontáneas antes que por una reglamentación comercial que Smith ilustra de la siguiente manera:

Ninguna reglamentación del comercio es capaz de elevar la actividad de ninguna sociedad más allá de lo que permita su capital. Solo puede desviar una parte del mismo en una dirección que en otro caso no habría tomado; y no está nada claro que esta dirección artificial vaya a ser más provechosa para la sociedad que aquella que habría seguido espontáneamente.

Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga. Es evidente que lo mueve su propio beneficio y no el de la sociedad. Sin embargo, la persecución de su propio interés lo conduce natural o mejor dicho necesariamente a preferir la inversión que resulta más beneficiosa para la sociedad. (1776/1996, p. 552)

De acuerdo con Del Hierro Carrillo (2019), el mismo Alfred Marshall señaló críticamente que este tipo de párrafos fueron propicios para que algunas interpretaciones entusiastas terminasen por afirmar que todo lo que producía el sistema era bueno. Sin embargo, en el mismo texto económico de Smith puede apreciarse no solo la actitud crítica del autor en relación con la sociedad civil específicamente con la clase terrateniente5 sino también algunas recomendaciones intervencionistas en situaciones que la economía nacional lo requiriera, como la defensa del país6 o, como menciona Smith:

El segundo caso en el que será conveniente imponer cargas sobre la actividad extranjera para incentivar la nacional es cuando se impone una tasa local sobre esta segunda producción, un caso en el que parece razonable imponer un gravamen igual sobre la primera. (1776/1996, p. 558)

Si bien Smith era partidario de la libre importación, también reconoce las dificultades que la economía nacional puede enfrentar en caso los países con los que comercie le apliquen aranceles elevados o prohibiciones a los productos que se pretenden importar.

¿A qué se refiere Smith con “sociedad civil”?

En primera instancia, cuando en la lectura de Smith nos topamos con la expresión “sociedad civil”, debemos evitar concebirla como si fuera totalmente ajena a la esfera política o como si estuviera en alguna parte de la división entre el individuo y el Estado (Boyd, 2013). En realidad, comprender lo que significaba la sociedad civil para Smith implica situarla, nuevamente, en el contexto desde el que el economista escribió. Para ello, no hay mejor opción que recurrir a su propia obra, en la que la define de manera explícita.

Ante todo, la sociedad civil es un periodo de la humanidad; es decir, es una categoría antropológica que sirve para diferenciar a la sociedad civilizada de Smith caracterizada por el intercambio mercantilde sociedades bárbaras o primitivas, identificadas principalmente por los lazos de dependencia entre señores feudales y siervos. Smith (1776/1996) compara ambos tipos de sociedades y respecto a la primera indica que “son cuatro las causas o circunstancias que introducen naturalmente la subordinación o que naturalmente, y antes de cualquier institución civil, confieren a algunas personas una superioridad sobre la mayor parte de sus semejantes” (p. 675). En resumen, estas causas son la superioridad de las cualidades personales (físicas y mentales), la superioridad de años, la superioridad de fortuna y la superioridad de cuna.

La sociedad civil abarca las relaciones mercantiles y el comercio7 (Boyd, 2013). Es decir, se trata de una sociedad comercial. De ahí que la división del trabajo es una de sus características propias, a diferencia de las sociedades primitivas. Como lo señala Smith:

En aquel estado primitivo de la sociedad en el que no existe división del trabajo, los intercambios son escasos y cada persona se autoabastece, no es necesario que ningún capital sea acumulado o almacenado de antemano para llevar adelante las actividades de la sociedad.

Pero cuando la división del trabajo ha sido cabalmente implantada, el producto del trabajo de un hombre le satisfará solo una parte muy pequeña de sus eventuales necesidades. (1776/1996, p. 335)

La ventaja, por tanto, de esta sociedad comercial es que genera un exceso de riqueza que puede ser usado como capital en las siguientes producciones, lo cual incentiva la prosperidad de una nación. A esto se le suma el hecho de que, en este tipo de sociedad, los lazos de dependencia se aminoran, pues los ahora trabajadores no dependen de la benevolencia de un patrón, sino que su sustento reside en el intercambio mercantil, cuya importancia es que les permite su participación voluntaria en el mercado.

Aunque Smith visibilizó en términos comparativos las ventajas de la sociedad comercial, también se mostró muy crítico con ella, sobre todo en relación con una posible intromisión de la clase mercantil en la política:

La violencia e injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal muy antiguo, y mucho me temo que apenas tenga remedio en la naturaleza de los asuntos humanos. Pero la mezquina rapacidad y el espíritu monopolista de los comerciantes y los industriales, que no son ni deben ser los gobernantes de la humanidad, es algo que, aunque acaso no pueda corregirse, sí puede fácilmente conseguirse que no perturbe la tranquilidad de nadie salvo la de ellos mismos. (1776/1996, p. 564)

Smith no era ajeno a las consecuencias negativas que la sociedad comercial podía provocar por su misma configuración. Especialmente, reconoce que hay hasta tres formas de corrupción propias de la modernidad y de la política comercial (Tegos, 2013), que son las que desarrollaremos a continuación.

LA CORRUPCIÓN ES INHERENTE A LA SOCIEDAD COMERCIAL

Spiros Tegos (2013) explicita el análisis que Smith hizo de la corrupción, aunque no de forma tan evidente. Señala que, aunque el economista escocés celebraba la sociedad comercial en virtud de que significaba un avance en el desarrollo de la independencia personal y la opulencia, también se daba cuenta de que esta sociedad no eliminaba por completo las relaciones de dependencia propias de etapas aristocráticas y feudales. En realidad, las transformaba en formas de corrupción más sofisticadas, perpetuando la corrupción moral y social.

La corrupción de la que nos hablaría Smith es compleja, en tanto que no solo pertenece al sector público, como lo conocemos hoy en día, sino que la hallamos en la esfera social que abarca, además de la política, la moral, la economía, etcétera. Solo que hemos tendido a especializarnos tanto que concebimos estos aspectos como separados y, en el peor de los casos, evitamos vincularlos en pro del tratamiento especializado de sus problemas.

Volviendo al punto, según Tegos (2013), la razón por la que Smith consideraba corruptas las sociedades que precedieron a la sociedad comercial es que en aquellas predominaba la obsequiosidad. Esta se encontraba presente en las estructuras sociales y económicas feudales, tales como la primogenitura, el matrimonio antiguo y el trabajo de servicio. Por ello, este tipo de dinámicas promovían la dependencia personal, la cual era —al fin y al cabo— una forma de corrupción.

El mismo problema podía apreciarse en las sociedades aristocráticas, pues los aristócratas y nobles se encontraban exentos de estas normativas, lo que les permitía en muchos casos vulnerar el estado de derecho. En consecuencia, en su ansia por la riqueza, a menudo se apartan de los caminos de la virtud (Tegos, 2013). Lo perjudicial es que, al cometer conductas criticables, aquellos que se encontraban en una posición inferior los toleraban y, en el peor de los casos, los tenían como modelos e imitaban sus comportamientos. Al respecto, Smith comentaba en la TSM que

Esta disposición a admirar y casi idolatrar a los ricos y poderosos, y a despreciar o como mínimo ignorar a las personas pobres y de modesta condición, aunque necesaria para establecer y mantener la distinción de rangos y el orden social, es al mismo tiempo la mayor y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales. (1759/1997, p. 138)

De acuerdo con Tegos (2013), esta es una de las tres formas de corrupción: la corrupción de los sentimientos morales. Esta es ejemplificada por la admiración a los ricos en la sexta edición de la TSM, la cual muchas veces ha sido infravalorada por autores como Seoane (2022), para quien no pasa de ser una retórica moralista que acompaña a todo acuerdo social. Ahora bien, el autor resalta la perspectiva auténtica de Smith, en tanto que se desvincula de la visión republicana establecida y de la posterior interpretación marxista sobre la corrupción en el ámbito comercial, que pone el foco en sus repercusiones políticas. Al mismo tiempo, como podemos observar en la corrupción de los sentimientos morales, el escocés adopta la crítica de Rousseau con respecto a los efectos psicológicos de la corrupción en la personalidad y el carácter humanos.

Las otras dos formas de corrupción que Tegos (2013) señala son las que se derivan de la extensión de la división del trabajo y el desarrollo de la economía manufacturera; y aquellos males necesarios de la urbanización gradual de la vida socioeconómica (la mutilación mental y el sectarismo). Al revisar la RN y la TSM, podemos afirmar que el análisis de Tegos se encuentra bien sustentado ya que, en relación a las dos primeras formas de corrupción, Smith comentaba:

Con el desarrollo de la división del trabajo, el empleo de la mayor parte de quienes viven de su trabajo, es decir, de la mayoría del pueblo, llega a estar limitado a un puñado de operaciones muy simples, con frecuencia solo a una o dos. Ahora bien, la inteligencia de la mayoría de las personas se conforma necesariamente a través de sus actividades habituales. Un hombre que dedica toda su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas, cuyos efectos son quizás siempre o casi siempre los mismos, no tiene ocasión para ejercitar su inteligencia o movilizar su inventiva para descubrir formas de eludir dificultades que nunca enfrenta. … La uniformidad de su vida estacionaria naturalmente corrompe el coraje de su espíritu, y le hace aborrecer la irregular, incierta y aventurera vida de un soldado. Llega incluso a corromper la actividad de su cuerpo y lo convierte en incapaz de ejercer su fortaleza con vigor y perseverancia en ningún trabajo diferente del habitual. (1776/1996, p. 717)

Smith argumentó que la división del trabajo, como especialización de las labores, mantiene a los individuos tan ensimismados en lo que les corresponde realizar que, en consecuencia, provoca que su capacidad de razonar se atrofie. Tales personas no pueden disfrutar una conversación ni emitir juicios sobre la realidad política de su país. Los más afectados por este tipo de dolencias son los trabajadores pobres, y estos son los que conforman el mayor porcentaje del pueblo. Siguiendo esta línea, Smith explicó el sectarismo en términos de fanatismo y supersticiones:

Aunque el Estado no obtuviese ventaja alguna de la educación de las clases inferiores del pueblo, igual debería cuidar que no quedasen completamente sin instrucción. Ahora bien, el estado deriva una ventaja considerable de esa educación. Cuando más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición, que con frecuencia dan lugar a terribles perturbaciones entre las naciones. (1776/1996, p. 721)

Siguiendo el estudio de Spiros Tegos y recurriendo a la lectura de la RN y TSM, podemos notar que Smith fue muy crítico con la sociedad comercial, a pesar de reconocerla como una sociedad civilizada y superior a las que le precedieron, pues representaba un avance en torno a la independencia personal y a la generación de riqueza. La corrupción es inherente a la estructura de la sociedad comercial —y, por extensión, al mercado— y sus efectos pueden apreciarse en la admiración e imitación de las conductas cuestionables de los ricos por parte del pueblo, así como en el sectarismo.

De las tres formas de corrupción, es la de los sentimientos morales la que nos interesa analizar con mayor detalle. Para esto, tendremos en cuenta dos conceptos clave de la TSM que hasta el momento no han sido mencionados: el espectador imparcial y la simpatía. Asimismo, cabe recalcar que el trabajo partió por establecer una analogía entre el mercado y la sociedad comercial, por lo que la revisión de la corrupción consistirá en ver cómo es que, a causa de las dinámicas comerciales del mercado, nuestro espectador imparcial y la simpatía también son corrompidos.

LA CORRUPCIÓN DEL ESPECTADOR IMPARCIAL Y LA SIMPATÍA

Junto con Tegos (2013) habíamos mencionado que Smith a lo largo de la TSM critica el respeto y admiración que las personas destinaron a la riqueza y grandeza, dejando de lado la sabiduría y la virtud. Smith parte por reconocer que toda persona busca el respeto y el reconocimiento, y que para conseguirlos existen dos caminos: el de la adquisición de riquezas y el del “estudio del saber y la práctica de la virtud” (1759/1997, p. 139). Además, a cada camino corresponden dos tipos distintos de personalidades: una de ambición y codicia, y otra de modestia y justicia.

La crítica de Smith (1759/1997) no se debe tanto a que repudie la división entre ricos y pobres8, pues menciona que, en tanto méritos, no es raro que la mayoría admire más a los primeros que a los segundos. El problema surge cuando la admiración por los ricos no es tanto por sus méritos, sino más bien por sus actitudes de presunción y vanidad. A diferencia de las clases pobres y medias, las cuales se encuentran sometidas sin excepción a las reglas de justicia, Smith lamentaba que las clases altas normalmente se sitúen por encima de la ley. Por lo tanto, mientras que en las primeras las personas debían mantener el respeto por aquellas reglas si no querían verse perjudicadas en su camino a la fortuna y virtud; en las segundas,

donde el triunfo y la promoción no dependen de la estima de pares inteligentes y bien informados sino del caprichoso y estúpido de unos superiores ignorantes, presuntuosos y soberbios, la adulación y la hipocresía demasiado a menudo predominan sobre el mérito y la capacidad. (1759/1997, p. 141)

De esta manera, por un lado, quienes se sitúan por encima de la ley imponen modas que van desde su forma de hablar y su vestimenta, hasta sus vicios. Por otro lado, quienes se sitúan por debajo, en su afán de querer ser tan admirados como aquellos, imitan sus conductas reprochables, incluso si no las aprueban por completo, y se avergüenzan de practicar las virtudes. Estos últimos creen que pueden conseguir el honor mediante este tipo de conductas; sin embargo, Smith (1759/1997) recalca que para mantener ese tipo de posición alta se requiere además de medios materiales, de riqueza, que les ayude a mantener su poder a costa de todo, mientras que los pobres carecen de todo ello. En consecuencia, los juicios morales de aprobación o desaprobación que los individuos formulan sobre las conductas del resto y sobre sí mismos se ven alterados en el siguiente sentido: “A menudo observamos que los vicios y tonterías de los poderosos son mucho menos despreciados que la pobreza y fragilidad de los inocentes” (1759/1997, p. 139).

Veamos entonces ahora cómo es que Smith desarrolló el origen y proceso de este tipo de juicios morales a partir de dos conceptos clave: el espectador imparcial y la simpatía. Hemos de tener en cuenta que Smith enfatiza no solo en la evaluación de las conductas ajenas, sino también en las de uno mismo. En este sentido, Smith propone al espectador imparcial como una figura que representa el proceso mediante el cual examinamos si los demás aprobarían o no nuestra conducta:

Cuando abordo el examen de mi propia conducta, cuando pretendo dictar una sentencia sobre ella, y aprobarla o condenarla, es evidente que en todos esos casos yo me desdoblo en dos personas, por así decirlo; y el yo que examina y juzga representa una personalidad diferente del otro yo, el sujeto cuya conducta es examinada y enjuiciada. El primero es el espectador … El segundo es el agente … El primero es el juez; el segundo, la persona juzgada. (1759/1997, p. 231)

En torno a la interpretación del espectador imparcial, la literatura contemporánea, aunque con diferentes matices, ha resaltado la importancia del aspecto social en el que este se desenvuelve, pues es en el intercambio de experiencias con los otros, caracterizado por la interdependencia social, donde se posibilita el desarrollo y construcción de los juicios morales mediante la imaginación (Chandler, 2013; Montes, 2017). El agente analiza cómo apreciarían los demás los efectos de sus pasiones y conductas y trata de imaginar cómo las juzgaría él si fueran de aquellos.

La capacidad de poder imaginar cómo nos juzgarían las demás personas en términos de aprobación o desaprobación es posible, porque de por medio está la simpatía, que acompaña a este proceso imaginativo. Los juicios morales, por lo tanto, encuentran su fundamento en un proceso simpatético más que en la aplicación de principios morales generales (Fricke, 2013). De esta manera, de forma más precisa, Smith (1759/1997) sostenía que la simpatía era el fundamento principal que nos permite no solo imaginar el cómo sería sentir las desgracias de los demás, sino también sus alegrías o enojos.

Pero la simpatía no solo es el fundamento de los juicios morales sobre la aprobación o desaprobación; es decir, no solo es una capacidad, sino que —de acuerdo con una interpretación más contemporánea de Montes— también es una disposición “y, por tanto, atañe tanto al origen del juicio moral como al proceso para lograrlo” (Montes, 2017, p. 76).

Teniendo esto en cuenta, entonces, ¿de qué manera se corrompe la simpatía y el espectador imparcial por causa del mercado? Para responder esta pregunta debemos retomar el carácter social de los dos componentes que participan en la formulación de los juicios morales, pues es mediante este carácter que podemos evaluar tanto las conductas ajenas como las nuestras. No obstante, no solo en la sociedad comercial de Smith, sino también en el mercado del hoy en día —que, en términos de Pulcini (2012), es una sociedad competitiva—, apreciamos que las decisiones de quienes cuentan con un mayor poder adquisitivo tienden a ser mayormente identificadas como un interés propio exacerbado.

Si volvemos a la obra RN, Smith considera el interés propio como el motor de la economía:

No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas. (1776/1996, p. 46)

Esta cita ha sido muy discutida y lecturas descontextualizadas han apostado por interpretarla literalmente, sin tener en cuenta ningún tipo de trasfondo moral como el que brinda la TSM. Sin embargo, la misma obra económica smithiana no es garantía suficiente para asumir tal tipo de lecturas, pues el autor no solo se queda en un plano meramente individualista, sino que sabe que el ser humano necesita de los otros: requiere de cooperación. Y si recurrimos a la obra ética, terminamos por darnos cuenta de que este amor propio, motor económico, funciona a la par del ejercicio de las virtudes, principalmente de la justicia. Esta es tan fundamental que, siguiendo a Smith (1759/1997), sin ella no es posible el mantenimiento de la sociedad.

¿Qué sucede entonces cuando las personas, grupos, corporaciones, etcétera —cuyo poder adquisitivo es inimaginablemente superior a otros— se sitúan por encima de la justicia y solo se manejan en el plano individualista del amor propio? Desgastan, degradan, corrompen los lazos de sociabilidad sobre los cuales se desenvuelve el proceso simpatético, fuente de los juicios morales. En consecuencia, abunda la indiferencia y las reflexiones sobre nuestras acciones y las del resto pasan a un segundo plano.

CONCLUSIONES

La problemática inicial de este trabajo partía de una definición de corrupción centrada exclusivamente en el ámbito público, lo que dejaba fuera dinámicas relevantes como las del mercado. Al recorrer el pensamiento de Adam Smith sobre la sociedad comercial —cuyo paralelo actual podemos reconocer en el mercado— hemos constatado que las etiquetas simplificadoras, como la de “liberal”, a menudo oscurecen la riqueza de su análisis. Ello no significa, sin embargo, que sin tales interpretaciones la propuesta smithiana resultaría plenamente transparente: como hemos visto, el propio Smith parece oscilar entre una defensa del libre mercado y la necesidad de ciertas intervenciones.

En ese sentido, nuestro propósito fue, más bien, reconstruir conceptualmente la forma en que Adam Smith pensó la corrupción de los sentimientos morales en la sociedad comercial, sin reducirla a un problema político-institucional, sino situándola en la tensión entre ética y economía. La hipótesis que ha guiado esta investigación sostiene que el fenómeno de corrupción puede entenderse como un desgaste de la capacidad de emitir juicios morales; es decir, como una degradación de la simpatía y del espectador imparcial. Para Smith, este deterioro se manifestaba, por ejemplo, en la tendencia de las clases más bajas a imitar los vicios y lujos de los ricos en busca de reconocimiento social. Aunque hoy la distinción tajante entre ricos y pobres pueda resultar anacrónica, la advertencia de Smith conserva vigencia, pues nuevas formas de prestigio y reconocimiento circulan velozmente gracias a la lógica del mercado, extendiéndose incluso a dimensiones íntimas de la vida social.

De ahí que el énfasis no recaiga únicamente en los consumidores o en la imitación de modelos, sino también en la crítica a la lógica misma del mercado, cuyas dinámicas, en muchos casos, pueden generar consecuencias que la sensibilidad moral común percibe como injustas o degradantes. Con ello no hemos buscado establecer un diagnóstico empírico de la corrupción contemporánea, sino recuperar la relevancia conceptual de la noción smithiana de corrupción de los sentimientos morales, subrayando cómo su análisis sigue ofreciendo claves filosóficas para reflexionar sobre la tensión entre ética y mercado.

REFERENCIAS

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  1. 1 En adelante, me referiré a estas obras por sus siglas, RN y TSM, respectivamente. Asimismo, a lo largo del artículo emplearemos las traducciones de ambos libros realizadas por Carlos Rodríguez Braun.

  2. 2 No son pocas las veces en las que Smith es considerado arbitraria y categóricamente como un pensador liberal (Boyd, 2013). La dificultad radica en que esto impide ver ciertos matices o ambigüedades que el mismo autor expone en sus obras.

  3. 3 Véase, por ejemplo, el siguiente pasaje de la RN: “El interés de los empresarios en cualquier ram concreta del comercio o la industria es siempre en algunos aspectos diferente del interés común, y a veces su opuesto. El interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado, pero estrechar la competencia. La extensión del mercado suele coincidir con el interés general, pero el reducir la competencia siempre va en contra de dicho interés, y solo puede servir para que los empresarios, al elevar sus beneficios por encima de lo que naturalmente serían, impongan en provecho propio un impuesto absurdo sobre el resto de sus compatriotas. Cualquier propuesta de una nueva ley o regulación comercial que provenga de esta categoría de personas debe siempre ser considerada con la máxima precaución, y nunca debe ser adoptada sino después de una investigación prolongada y cuidadosa, desarrollada no solo con la atención más escrupulosa sino también con el máximo recelo. Porque provendrá de una clase de hombres cuyos intereses nunca coinciden exactamente con los de la sociedad, que tienen generalmente un interés en engañar e incluso oprimir a la comunidad, y que de hecho la han engañado y oprimido en numerosas oportunidades” (Smith, 1776/1996, pp. 343-344).

  4. 4 La elección de estos términos no tiene un motivo más profundo que el de considerarlos como los principales cuando se habla de Smith como liberal.

  5. 5 La crítica de Smith a la sociedad civil será desarrollada en la siguiente subsección, con el propósito de advertir la actitud crítica del autor sobre los efectos negativos de esta sociedad.

  6. 6 Ejemplifica esta medida con la Ley de Navegación, que benefició a Gran Bretaña, cuya defensa dependió del número de marineros y barcos (Smith, 1776/1996).

  7. 7 Esto es lo que nos permite asemejar las dinámicas del mercado a la sociedad comercial smithiana.

  8. 8 Smith señala la doble dimensión de la admiración por los ricos y el desprecio por los pobres: “aunque necesaria para establecer y mantener la distinción de rangos y el orden social, es al mismo tiempo la mayor y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales” (1759/1997, p. 138).