Filosofía ,,/‘‘ Arquitectura:
contra l’informe
Philosophy ,,/“ Architecture: Against L’informe
Sara Dragišić
Instituto para la Filosofía y la Teoría Social,
Universidad de Belgrado, Serbia
https://orcid.org/0000-0003-0686-0039
Snežana Vesnić
Facultad de Arquitectura, Universidad de Belgrado
Serbia
https://orcid.org/0009-0006-0311-4638
Recibido: 11 de abril del 2025
Aprobado: 15 de agosto del 2025
doi: https://doi.org/10.26439/limaq2025.n016.7859
La interacción entre la arquitectura y la filosofía ofrece un terreno fértil para explorar el diseño, la educación y la innovación conceptual. Este artículo examina el potencial transformador de esta relación interdisciplinaria, centrándose en cómo la investigación filosófica tanto informa como cuestiona la práctica arquitectónica. En el centro de este diálogo está el concepto de l’informe (lo informe), que desestabiliza las nociones tradicionales de forma y genera procesos dinámicos que articulan los ámbitos materiales y conceptuales. El proceso de diseño arquitectónico encarna, de manera inherente, dualidades —forma e informe, materialidad y abstracción— que dan lugar a objetos que trascienden su fisicidad para adquirir una significación simbólica y conceptual. Esta interrelación resiste un análisis filosófico rígido mientras inspira un potencial creativo a través de la incertidumbre y la inestabilidad. Al investigar estas tensiones, el artículo pone de relieve cómo la convergencia y la resistencia entre arquitectura y filosofía impulsan la emergencia de nuevas formas e ideas, abriendo vías para repensar la educación arquitectónica, las herramientas y la producción del espacio.
concepto, l’informe, disciplina, deformación, espacio, educación arquitectónica
The interplay between architecture and philosophy offers fertile ground for exploring design, education, and conceptual innovation. This paper examines the transformative potential of this interdisciplinary relationship, focusing on how philosophical inquiry both informs and disrupts architectural practice. Central to this dialogue is the concept of l’informe (the formless), which destabilizes traditional notions of form and generates dynamic processes that bridge material and conceptual domains. The architectural design process inherently embodies dualities—form and formlessness, materiality and abstraction—resulting in objects that transcend their physicality to embody symbolic and conceptual significance. This interplay resists strict philosophical analyses while inspiring creative potential through uncertainty and instability. By investigating these tensions, the paper highlights how the convergence and resistance between architecture and philosophy drive the emergence of new forms and ideas, opening pathways to rethink architectural education, tools, and the production of space.
concept, l’informe, discipline, de-forming, space, architectural education
Este es un artículo de acceso abierto, distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution 4.0 International (CC BY 4.0).
Pero la metáfora nunca es inocente. Orienta la investigación y fija los resultados. Cuando se da con el modelo espacial, cuando este funciona, la reflexión crítica reposa en su interior. El discurso se encuentra dentro de la metáfora espacial, y no la metáfora dentro del discurso
Mark Wigley
Introducción: la interacción entre la arquitectura y la filosofía en el discurso contemporáneo
La relación entre la arquitectura y la filosofía ha constituido, desde hace tiempo, un terreno fértil para la exploración intelectual, lo que ha desafiado las fronteras tradicionales entre disciplinas y ha ofrecido nuevas perspectivas sobre el diseño, la educación y la conceptualización. Esta interacción se manifiesta con particular intensidad en los distintos workshops de verano en arquitectura y filosofía realizados en Europa, cada uno de los cuales amplía y reformula el legado intelectual de sus predecesores. Estos encuentros no solo examinan el papel de la arquitectura en un mundo que se transforma rápidamente, sino que también indagan críticamente en su porvenir y en su profunda conexión con el pensamiento filosófico contemporáneo.
La cuestión central que surge de este diálogo concierne al potencial transformador de la relación entre arquitectura y filosofía. ¿Puede dicha relación potenciar la capacidad creativa del diseño y la práctica arquitectónicos? De manera más específica, ¿de qué modo podría contribuir a la producción de objetos arquitectónicos al desarrollo de herramientas innovadoras y al perfeccionamiento de los métodos pedagógicos en la formación de arquitectos? Estas preguntas no son meramente teóricas: inciden directamente en proyectos académicos en curso que aspiran a constituirse no solo como plataformas para tematizar la conjunción —o la disyunción— entre ambas disciplinas, sino también como proyectos en sí mismos, capaces de encarnar los principios que buscan interrogar.
Los filósofos, mediante su rigurosa y precisa elaboración de los conceptos, logran a menudo un grado de materialización que puede superar la propia solidez física de los objetos arquitectónicos. Esta observación pone de relieve una paradoja en la relación contemporánea entre arquitectura y filosofía: mientras la arquitectura es, por naturaleza, material y espacial, sus fundamentos conceptuales pueden parecer en ocasiones menos tangibles que los alcanzados por la exploración filosófica.
Esta paradoja constituye el eje de la presente investigación, que busca examinar cómo la arquitectura y la filosofía pueden informarse y transformarse mutuamente, a fin de trascender sus límites disciplinares. El objetivo es revelar nuevas formas de pensar y de actuar que no solo enriquezcan el diseño y la enseñanza de la arquitectura, sino que, además, contribuyan al horizonte intelectual más amplio del mundo contemporáneo.
En este contexto, la colaboración con filósofos nos invita a reflexionar sobre la oposición entre dos modos distintos de producción: el filosófico y el arquitectónico. Por oposición no buscamos definir la disyunción en un sentido literal, sino como una resistencia, incluso una tensión o agresión que, paradójicamente, potencia el acto creativo en el diseño arquitectónico. Parece existir, además, una influencia inversa: muchos arquitectos contemporáneos se preocupan cada vez más por los conceptos, mientras que muchos filósofos comienzan a involucrarse en el quehacer proyectual.
Nuestra hipótesis acerca de esta relación “enfrentada” entre las dos disciplinas puede resultar demasiado compleja para ser plenamente explicada o justificada. No obstante, decidimos abordarla desde su apertura constitutiva, entendida no como un problema por resolver, sino como un espacio productivo de exploración. En el centro de esta indagación se halla una situación particular: un momento en el que la arquitectura resiste todo análisis filosófico. Esta resistencia, sostenemos, marca un territorio de indeterminación e inestabilidad —una cualidad inaprensible— que, a la vez, desestabiliza y enriquece el proyecto arquitectónico o la propia vida del objeto arquitectónico.
Partimos del supuesto de que la arquitectura produce tanto objetos como espacios objetivos, por lo que se sitúa dentro de un marco dual de materialidad y abstracción. En este contexto, el objeto arquitectónico ejerce un doble poder: literal y metafórico. Como entidad física, ocupa y configura el espacio; como construcción simbólica, porta un significado conceptual que suele trascender los límites de su forma material. Precisamente esta doble naturaleza complica la relación de la arquitectura con la filosofía. Mientras la filosofía busca analizar, sistematizar e interpretar, la arquitectura elude su total captura y se resiste la categorización definitiva o la explicación reduccionista.
Esta resistencia no debe entenderse como una limitación, sino como un espacio de potencial generativo. Nos invita a considerar la inestabilidad y la fluidez inherentes a la práctica arquitectónica y a los objetos que produce. En su carácter elusivo, la arquitectura desafía a la filosofía a confrontar sus propios límites, abriendo un diálogo que se define tanto por sus vacíos y tensiones como por sus convergencias. Al explorar esta relación “enfrentada”, procuramos examinar cómo la arquitectura y la filosofía pueden perturbarse e inspirarse mutuamente, lo que revela nuevas dimensiones del pensamiento y de la creatividad que trascienden las fronteras de cada disciplina.
La arquitectura y sus metáforas penetran profundamente en las construcciones lingüísticas, sosteniendo tanto las estructuras de la filosofía como las narrativas de la teología y del mundo natural. Desde su concepción hasta su materialización, el objeto arquitectónico atraviesa transformaciones sucesivas, cada una expresada en distintas formas —entendidas como conjuntos de significados y relatos que contienen tanto al objeto como su proyección—. Solo en el tiempo real, como sugiere Sanford Kwinter (2001), es posible experimentar la morfogénesis como la dinámica de la forma, es decir, la transformación formal de la materia.
Si consideramos el objeto arquitectónico como el resultado final de esas morfogénesis, podríamos definir el proceso de diseño como el camino hacia ese fin proyectado. El concepto arquitectónico se orienta teleológicamente hacia la idealidad, hacia la proyección ideal perfecta. El término griego telos1 (τέλος) designa el fin la realización o el cumplimiento —raíz de la palabra moderna teleología—. En ese camino hacia el fin o hacia la plena realización, el objeto arquitectónico atraviesa sucesivas morfogénesis. Si el fin es también la meta o el cumplimiento, entonces el momento de declarar el FIN (así, con mayúsculas) se convierte en el único instante en que la realidad puede alcanzar la perfección, evocando la noción tomista de “fin perfecto” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, I-II, q. 1, art. 8).
Podríamos afirmar que el concepto arquitectónico es el generador de las transgresiones entre la forma y lo informe, en tanto contiene el potencial (infinito o contingente) de lo nuevo. La abstracción inherente al concepto permite funciones infinitas de subjetividad creativa, lo que genera diferencias radicales entre la forma temporal y la inmanencia pura orientada hacia lo informe. En otras palabras, el objeto arquitectónico es inmanente a lo informe con el propósito de detener el tiempo, es decir, su propia finitud. Paradójicamente, esto implica que, en la búsqueda de la perfección, el objeto resiste la idealidad —su propio FIN—. El concepto se opone a su realidad (el objeto), del mismo modo que el objeto se opone a su propia formalización.
En estas resistencias encontramos la posibilidad de que lo informe se manifieste como metáfora del deseo de aquello que trasciende lo objetivamente concebido. Se trata de una resistencia al fin o al objeto ideal que se agota en sí mismo. Lo informe, por tanto, remite a aquello que niega la forma, entendida como principio de orden estable y continuidad armónica. Niega el concepto insuficiente de la forma, el cual tiende a excluir su producción material y que, por tanto, se utiliza para especificar la visión morfológica a través de las ideas de fuerza capturada y diferencia, lo que introduce una dimensión no representacional en el objeto arquitectónico. Por ello, lo informe puede asociarse tanto al momento del devenir de un objeto como al de su desaparición. No se trata de la inexistencia de la forma, sino de su desestabilización, que abre el tiempo y el espacio a la emergencia de lo nuevo.
Por un lado, estos procesos sucesivos, entendidos como negaciones de la forma (y) —como continuidad de lo informe y el fin como resistencia a la finitud— abren la infinitud al interior del concepto (arquitectónico). Por otro lado, el resultado del proceso de diseño es la materialización objetiva, mientras que el propio proceso se mantiene abierto a estados informes que acercan la forma arquitectónica a su idealidad proyectada. Lo informe no es ausencia de forma, sino su transformación activa en busca de una realidad perfecta. En este sentido, lo informe implica la simultaneidad entre conceptualización e idealización a través del diseño de la forma proyectada. Es la inestabilidad y la incertidumbre de la forma, expresión del deseo de lo nuevo. La abstracción funcional inherente al concepto —su capacidad para generar estados y procesos entre lo representacional y lo no representacional, a fin de traducir continuamente lo informe en forma— crea una conceptualización y una estética dinámicas que producen contingencias y, con ello, la posibilidad de la emergencia de lo nuevo. La oposición a su propia formalización constituye, por tanto, una posibilidad para lo nuevo.
En el arte, tal como explicó Didi-Huberman (1992), los resultados del acto de deposición formal deben conducir a la figuración. El tipo de representación que puede verse cargado con su propia negatividad es una forma inmaterial y móvil, que da lugar a nuevas contingencias. Precisamente esas contingencias son las que evocan figuras que contienen en sí mismas lo inimaginable. En arquitectura, el deseo de figuración se traduce y transforma en la propia forma de la existencia. La necesidad de materializar la proyección del contenido conceptual —es decir, de dar vida a una nueva forma, formación, objeto, palabra u obra— no es sino la transformación del deseo del concepto en una forma ulterior.
La idea de forma arquitectónica representa una aspiración hacia la totalidad conceptual. La forma se sitúa entre la sustancia y el sujeto, refiriéndose tanto a la realidad como a la intención, lo que plantea las cuestiones sobre la apariencia. Lo informe no significa una negación de la forma, sino una operación que la desclasifica, lo que la despoja de su autoridad y jerarquía fija (Bataille, 1929). En los momentos de disolución de la forma en lo informe, y transición de lo informe hacia la forma, el concepto arquitectónico se ve cargado de su propia negatividad y, simultáneamente, porta el deseo de un l’informe inmaterial y dinámico, así como el anhelo de figuras que contengan aquello que no puede imaginarse. Lo informe, por tanto, se aproxima al aún no (Noch nicht) de Ernst Bloch (1959).
Rastros de estas ideas de transformación pueden encontrarse ya en las reflexiones de Agustín de Hipona sobre el segundo versículo del Génesis, en el que interpreta tierra no como suelo, sino como un sustrato informe capaz de recibir todas las formas, anticipando así la noción filosófica de transformación y potencialidad (Augustine, ca. 401/1982). El libro del Génesis describe la tierra como caos y confusión, mientras que Agustín la interpreta como una materia informe que subyace a las formas físicas (San Agustín de Hipona, ca. 401/1982; Santa Biblia, Versión Biblia de Jerusalén, 1976, Génesis 1:2).
En lo que concierne al proceso de diseño arquitectónico, l’informe pertenece metodológicamente al dominio de la filosofía, pues deconstruye la materialidad del objeto arquitectónico. Sin embargo, y paradójicamente, puede al mismo tiempo funcionar como principio generador de las figuras arquitectónicas. L’informe disuelve el objeto arquitectónico anticipado, pero a la vez vincula el contenido conceptual con la forma. Este lugar resiste los aparatos analíticos de la filosofía, precisamente porque la producción arquitectónica insiste en métodos que producen inestabilidad, incertidumbre e indeterminación. En ese sentido, las herramientas y la estética del diseño están siempre más allá de la explicación filosófica: la filosofía se orienta contra l’informe, mientras que la arquitectura, paradójicamente, lo invoca.
Este es el punto de divergencia, diferencia y autenticidad entre ambas disciplinas, y también el punto desde el cual surge la posibilidad de inspiración. No obstante, la imposibilidad de una conjunción absoluta entre filosofía y arquitectura genera contingencias que abren la posibilidad de nuevos conceptos (arquitectónicos). Por ello, lo informe puede entenderse como la posibilidad de una barra oblicua (“/”) en el intercambio creativo entre filosofía y arquitectura.
Recuperar la barra (,,/“): el espacio de la tensión
La barra que separa —y a la vez une— la filosofía y la arquitectura no debe entenderse simplemente como un signo de conjunción o disyunción, sino como un espacio productivo de conflicto y posibilidad, con el que ambas disciplinas se provocan mutuamente para generar nuevas formas de creación. La barra se convierte, así, en una metáfora de lo informe —un espacio que se niega a establecer dicotomías—.
Según Deleuze (1968/2002), el pensamiento no puede quedar confinado a trayectorias lineales; debe, en cambio, seguir caminos nómadas que perturben las identidades establecidas y atraviesen territorios heterogéneos (pp. 28-29). En este sentido, la diferencia no es una simple oposición o negación, sino una fuerza productiva que genera nuevos potenciales del pensamiento. Como él mismo aclara más adelante: “La diferencia no es lo diverso. Lo diverso es dado. Pero la diferencia es aquello por lo que lo dado es dado” (Deleuze, 1968/2002, p. 333).
La barra que separa filosofía y diseño, más que separar, implica generar movimiento —donde el diseño se convierte en pensamiento y el pensamiento se materializa como diseño—. En su exploración de la différance, Jacques Derrida (1982) sitúa la barra como el lugar del diferimiento del sentido y del juego infinito de significaciones. L’informe opera dentro de esa barra como una negación del origen y del fin, lo que fuerza al arquitecto a reconsiderar la estabilidad de la forma y a asumir, en cambio, una apertura perpetua de posibilidades. Derrida enfatiza que el significado nunca se fija en un único origen o fin último, sino que se produce mediante el diferimiento y el espaciamiento (Derrida, 1982).
La filosofía del devenir de Deleuze desestabiliza radicalmente la noción de arquitectura como algo estático o finito (Deleuze & Guattari, 1980/1987). En lugar de entender la forma como un estado cerrado, enfatiza su carácter procesual y contingente. La arquitectura, leída a través del lente deleuziano, se convierte en un espacio de morfogénesis constante, donde la interacción de fuerzas produce variaciones infinitas. En El pliegue. Leibniz y el Barroco, Deleuze presenta el pliegue como un principio de transformación continua, en el que interior y exterior se interpenetran, donde la forma y la materia, lo finito y lo infinito, se modulan sin cesar, sin reducirse el uno al otro (Deleuze, 1988/1993, p. 14). El pliegue sugiere un proceso de diseño donde los espacios no se conciben como fijos, sino como territorios continuamente negociados, generadores de formas emergentes que resisten el cierre. La morfogénesis se convierte en una serie infinita de experimentaciones, una danza entre la forma y lo informe, siempre inconclusa, pero profundamente generativa.

Tomemos, por ejemplo, el concepto del rizoma, desarrollado por Deleuze y Guattari (1980/1987) en Mil mesetas, que ofrece un marco no jerárquico para comprender la arquitectura. El pensamiento rizomático desafía el telos del objeto arquitectónico, situándolo, en cambio, como un campo de conexiones donde materialidad, los usuarios y el entorno interactúan de manera imprevisible. L’informe actúa aquí como una fuerza de desterritorialización, que rompe las tipologías fijas y posibilita la emergencia de nuevas configuraciones espaciales. Deleuze y Guattari conciben el rizoma como un campo no jerárquico que atraviesa continuos procesos de desterritorialización y reterritorialización, en lugar de tener un inicio o un final fijos (Deleuze & Guattari, 1980/1987).
Por su parte, la filosofía de Derrida aborda la arquitectura como una escritura del espacio, donde la inestabilidad de la forma refleja la inestabilidad del significado (Derrida, 1986). Su noción de deconstrucción ofrece un marco para interrogar las prácticas arquitectónicas, en las que l’informe no representa una ausencia, sino una presencia activa de la inestabilidad que desafía las representaciones fijas. El objeto arquitectónico nunca se resuelve plenamente en una forma única, sino que aplaza su completitud a través de la contingencia y la transformación.
En arquitectura, lo informe funciona como un diferimiento continuo del objeto ideal, lo que genera nuevas posibilidades espaciales. Para Derrida, différance nombra el proceso mediante el cual el significado se difiere continuamente y nunca está plenamente presente (Derrida, 1982). De este modo, la arquitectura puede entenderse como una huella, un trazo que abre la posibilidad de leer los espacios como historias estratificadas y futuros potenciales. En este sentido, lo informe es la huella de lo que aún no ha llegado a ser, que desestabiliza la forma presente y señala hacia lo inimaginable. En La escritura y la diferencia, Derrida observa: “The trace is not a presence but is rather the simulacrum of a presence that dislocates, displaces, and refers beyond itself [La huella no es una presencia, sino el simulacro de una presencia que se descoloca, se desplaza y se remite más allá de sí misma hacia sí misma]” (Derrida, 1973, p. 156).
L’informe como catalizador de la resistencia creativa
L’informe, tal como fue formulado por Georges Bataille y desarrollado posteriormente en los escritos de Georges Didi-Huberman, constituye una invitación constante —o, mejor aún, una metáfora provocadora— de la resistencia de la arquitectura a ser concluida. Representa el espacio negativo dentro del proceso de diseño, ese lugar donde la forma se derrumba y se reformula, y produce contingencias que impulsan la innovación. Lo informe no es un vacío, sino una fuerza activa que desestabiliza la forma, lo que abre el proceso proyectual a reinterpretaciones infinitas. La interacción entre la forma y lo informe genera espacios que no solo son funcionales, sino también conceptualmente radicales, capaces de conectar la materialidad con el pensamiento especulativo. En este sentido, lo informe actúa como una fuerza dinámica que simultáneamente descompone y reconfigura las formas establecidas, lo que impulsa un proceso continuo de transformación y reinterpretación (Didi-Huberman, 1995/2005).
Como ya se ha señalado, la noción de lo aún no de Ernst Bloch resuena profundamente en el carácter de lo informe como espacio de posibilidad. El concepto arquitectónico, cargado de su propia negatividad, se convierte en un recipiente de lo aún no realizado, lo que permite a la imaginación ir más allá de los paradigmas existentes. Esta función anticipatoria de la arquitectura se alinea con la différance de Derrida y con el devenir de Deleuze, donde el objeto resiste su propia finalidad. La figura del arquitecto, en esta perspectiva, ya no es únicamente la de un constructor, sino la de un filósofo del espacio, un ejecutor de diseño tanto material como conceptual. El proceso de diseño encarna la experimentación deleuziana —entendida como un despliegue continuo de diferencias que se rehúsan a concluir— y la inestabilidad derridiana, en la que la ausencia y la presencia se entrelazan en un juego que desafía las normas de la representación. La arquitectura, siguiendo este camino, deja de concebirse únicamente como una disciplina del construir para asumirse como una práctica filosófica que navega las tensiones de la barra (“/”).
La imposibilidad de reconciliar plenamente la filosofía y la arquitectura no debe ser entendida como una limitación, sino como una fuente de potencial creativo. Pero ¿hacia dónde nos conduce esta imposibilidad? Como recuerda Derrida, todo texto está tejido de huellas —inscripciones de alteridad— que lo abren hacia un futuro que nunca puede anticipar por completo (Derrida, 1995). El objeto arquitectónico, modelado por lo informe, anticipa futuros que aún no pueden articularse. En este punto, diferencia (difference) y diferimiento (différance) convergen en una incompatibilidad productiva, lo que hace de la arquitectura un territorio privilegiado para la exploración filosófica. L’informe no supone el rechazo de la materialidad arquitectónica, sino su reimaginación radical. La arquitectura, bajo esta luz, deviene acontecimiento más que entidad, un campo donde el significado nunca se resuelve del todo y donde la forma siempre está en proceso de devenir. La barra (“/”) que separa y une filosofía y arquitectura no funciona como un límite, sino como una zona intersticial de tensión creativa: un espacio dinámico y generativo donde lo informe resiste la osificación y da origen a lo inédito. Este espacio liminal es a la vez disruptivo y productivo, pues desafía a la arquitectura a trascender los paradigmas convencionales y estimula la reinvención continua de sus posibilidades espaciales y conceptuales. Esta exploración revela cómo la arquitectura, cuando se alinea con los impulsos de la filosofía, trasciende los límites tradicionales y se convierte en un medio para la experimentación conceptual y espacial. A través de lo informe, ambas disciplinas revelan sus expresiones más radicales, lo que abre caminos infinitos para la creación.
La ontología social de la arquitectura:
fin, l’informe y la relación entre arquitectura
y filosofía
Desde una perspectiva teleológica, la arquitectura ha sido con frecuencia interpretada en función de su propósito o finalidad. La clásica triada vitruviana —firmitas, utilitas y venustas ('solidez', 'utilidad' y 'belleza')— ofrece un marco para comprender los fines arquitectónicos como la armonización entre integridad estructural, propósito funcional y valor estético. Sin embargo, la indagación filosófica cuestiona esta reducción. En su ensayo Construir, habitar, pensar, Heidegger (1971) sugiere que el fin último de la arquitectura no es meramente utilitario, sino el de posibilitar que el ser humano habite el mundo de forma significativa. Habitar, en el sentido heideggeriano, implica vivir en armonía con el entorno y cultivar un sentido de pertenencia. La arquitectura, entonces, se convierte en un mediador del ser, un modo de anclar la existencia humana en lugares concretos mientras apunta a la trascendencia. Esta comprensión ontológica de la arquitectura trasciende su papel instrumental y la sitúa como una articulación entre la finitud humana y sus aspiraciones.
La noción de fin abre, asimismo, cuestiones éticas: ¿quién define el propósito de la arquitectura: el arquitecto, el cliente, el Estado, la sociedad en su conjunto? Los arquitectos modernistas, como Le Corbusier, imaginaron la arquitectura como un instrumento para “ingenierizar” el progreso social, aspirando a generar entornos funcionales que moldearan ciudadanos “mejores” (Le Corbusier, 1927, 1935). Sin embargo, las críticas posmodernas —de autores como Aldo Rossi o Bernard Tschumi— interrumpieron esta visión determinista, destacando la pluralidad de fines y las formas imprevisibles en que los edificios son habitados, reinterpretados o apropiados a lo largo del tiempo (Rossi, 1982; Tschumi, 1994). Por su parte, Didi-Huberman (1995/2005) sugiere que las representaciones, incluidas las formas arquitectónicas, deberían evocar los aspectos inefables de la experiencia humana. Para Didi-Huberman, “poner algo en imagen” no es simplemente reproducir lo visible, sino convocar figuras que porten en sí mismas aquello que no puede ser completamente aprehendido ni fijado (1995/2005, p. 37). Esta perspectiva invita a los arquitectos a crear espacios que trasciendan la mera funcionalidad, encarnando resonancias simbólicas y emocionales más profundas.
Para Bataille, l’informe no es ausencia de forma, sino un proceso activo de subversión y desestabilización de las estructuras y categorías establecidas. En el ámbito de la arquitectura, este concepto cuestiona la primacía de la forma como principio organizador (Bataille, 1985). La arquitectura moderna, con su énfasis en la claridad, el orden y el funcionalismo, puede interpretarse como una rebelión contra los excesos ornamentales de épocas anteriores, pero también perpetúa una ideología del control, donde la forma determina el sentido y el uso. En contraste, l’informe resiste esa rigidez. Propone una arquitectura de la ambigüedad, la fluidez y la indeterminación, que desafía la hegemonía del racionalismo. Esta condición informe encuentra eco en corrientes contemporáneas que rechazan las tipologías rígidas.
Arquitectos deconstructivistas como Frank Gehry y Zaha Hadid interrumpen las cuadrículas ortogonales y las geometrías previsibles de la tradición moderna y generan formas que parecen desafiar la gravedad o la lógica (Johnson & Wigley, 1988; Schumacher, 2010). Sus obras evocan la estética de l’informe al diluir los límites entre estructura y escultura, entre orden y caos. En un nivel filosófico más profundo, l’informe plantea interrogantes sobre la relación entre arquitectura y significado. Si la arquitectura depende tradicionalmente de la forma para comunicar su propósito e identidad, ¿qué ocurre cuando la forma se disuelve? ¿Puede un edificio seguir significando o funcionando cuando su forma es deliberadamente incoherente? Esta paradoja revela los límites de la semiótica aplicada a la arquitectura y orienta la reflexión hacia la fenomenología como un marco alternativo. Desde esa perspectiva, lo informe no representa una carencia, sino una invitación a relacionarse con la arquitectura a través de la inmediatez de la experiencia sensorial y emocional, en lugar de hacerlo mediante preconcepciones sobre la forma.
La ontología social de la arquitectura aborda centralmente la manera en que la arquitectura existe y actúa dentro del entramado de relaciones humanas e institucionales. No es un esfuerzo solitario, sino un proceso colaborativo e intersubjetivo que involucra arquitectos, clientes, usuarios y comunidades. La arquitectura moldea y es moldeada por las fuerzas culturales, económicas y políticas al inscribirse en el tejido social. Este carácter relacional se manifiesta en su capacidad para mediar la memoria colectiva y la identidad. El significado de los monumentos o memoriales, por ejemplo, nunca es fijo: cambia y se reinterpreta con el tiempo, lo que refleja las dinámicas cambiantes de la sociedad.
El debate contemporáneo sobre los monumentos confederados en Estados Unidos ilustra cómo los artefactos arquitectónicos pueden convertirse en puntos de tensión ideológica y revela las implicaciones políticas del espacio construido. Más aún, la arquitectura influye en la forma en que las personas se relacionan entre sí y con su entorno. La disposición de una ciudad, el diseño de una plaza pública o la configuración de una vivienda afectan los patrones de movimiento, interacción y exclusión. El concepto de heterotopía de Michel Foucault (1984) —espacios que son simultáneamente reales y simbólicos, materiales e imaginarios— capta esta dualidad fundamental: la arquitectura como escenario de la vida social y como instrumento de poder.
La propia noción de fin invita a reflexionar sobre las implicaciones éticas y existenciales de la práctica arquitectónica y exige a arquitectos y teóricos considerar cómo los edificios configuran las condiciones del desenvolvimiento humano. L’informe cuestiona el dominio del formalismo y abre camino a la experimentación y a la subversión. El diálogo entre arquitectura y filosofía, por su parte, enriquece ambas disciplinas y ofrece una comprensión más profunda de la naturaleza del espacio, el significado y la experiencia humana. En todo sentido, la ontología social de la arquitectura no es, entonces, un asunto meramente académico, sino una realidad vivida. Al habitar, diseñar e interpretar el entorno construido, participamos en un proceso continuo de construcción y reconstrucción del mundo. Por tanto, la arquitectura es, a la vez, producto y agente del proyecto colectivo de la existencia humana. Es precisamente en esta reciprocidad donde alcanza su mayor potencial como medio de expresión filosófica y social.
¿Arquitectura como praxis (filosófica)?
El espacio (social) es un producto (social)
Henri Lefebvre
La arquitectura está profundamente ligada a la materialidad y al espacio; funciona a la vez como objeto representacional y como proceso experiencial. Desde la perspectiva de la teoría del actor-red (Latour, 1996), la arquitectura no aparece como un telón de fondo pasivo, sino como un partícipe activo en la vida social. Los edificios, los planes urbanos y los espacios median las relaciones, refuerzan jerarquías y producen formas de sociabilidad. Sin embargo, estas estructuras son también contingentes y están insertas en marcos políticos, históricos y culturales en constante evolución. Si la arquitectura es, a la vez, agente social y producto de la intención humana, cabe preguntarse: ¿su ser existe más allá de su función utilitaria o simbólica? ¿De qué modo un objeto arquitectónico posee una presencia social que trasciende la agencia humana?
La ontología social de la arquitectura es, por definición, inestable, ya que habita la tensión entre la forma (estable, definida, finita) y lo informe (dinámico, indeterminado, contingente). La arquitectura no solo encarna el orden: también contiene la posibilidad de su disrupción, lo que refleja el carácter informe de los procesos sociales. No se define únicamente por su materialización, sino por los procesos y contingencias que alteran y reconstituyen sus formas y ello refleja la naturaleza fluida y relacional del ser social.
La arquitectura suele aspirar a una idealidad proyectada: la culminación perfecta de un edificio, la realización plena de su propósito o la consumación de un ideal estético o funcional. Este impulso teleológico se emparenta con las tradiciones metafísicas occidentales, donde forma y función convergen hacia una conclusión predeterminada. Sin embargo, el fin —que puede entenderse tanto como meta y como cese— introduce una dualidad profundamente desestabilizadora. En el momento en que un objeto arquitectónico alcanza su “fin perfecto”, corre el riesgo de volverse estático, de perder la tensión dinámica que le confería sentido social y conceptual. Una catedral, por ejemplo, una vez completada en su forma ideal, deja de ser un espacio de significado colectivo en transformación y se convierte en un monumento inmóvil.
Pero ¿y si el fin arquitectónico pudiera reimaginarse, no como punto de cierre, sino como momento de contingencia donde el objeto se abre a nuevas interpretaciones, usos y temporalidades? Los proyectos de reutilización adaptativa —como cuando una estructura industrial en decadencia se convierte en un centro comunitario— ilustran precisamente esta inestabilidad productiva de l’informe. El edificio resiste su forma y función originales y abre un espacio para nuevos significados colectivos.
La arquitectura, como medio de inscripción, porta las huellas de fuerzas sociales, históricas y filosóficas. A partir de las reflexiones de Derrida en La verdad en pintura, puede entenderse que la arquitectura nunca existe de manera aislada; está siempre ya entrelazada en relaciones —con el espacio, el contexto y la interpretación— que se extienden más allá de su estructura física (Derrida, 1978/2001). Ello resuena con la idea de l’informe, donde el objeto arquitectónico es incompleto, contingente y abierto a la reinterpretación. Él mismo se resiste a una finalidad ontológica y actúa como sitio de devenir, donde la forma y lo informe interactúan de manera constante. Esta dinámica refleja la contingencia de la ontología social, en la que las identidades y estructuras colectivas se encuentran siempre en flujo. Lo informe encierra también un imperativo ético: resistir el cierre del sentido y mantenerse abierto a lo otro inimaginable. La arquitectura, al abrazar l’informe, se transforma en un espacio de inclusión y de transformación, capaz de desafiar las normas hegemónicas y de posibilitar nuevas formas de vida colectiva.
La barra se convierte en un espacio de contingencia, dado que la ontología social de la arquitectura reside en su capacidad para negociar estas tensiones y crea espacios que son, a la vez, conceptuales y materiales, estables y contingentes. Al incorporar l’informe, la arquitectura trasciende sus límites tradicionales y se convierte no solo en un medio de exploración filosófica, sino también en un acto social de resistencia y renovación. Este entrelazamiento entre pensamiento y práctica abre la posibilidad de que la arquitectura no solo refleje el mundo tal como es, sino que imagine y construya el mundo como podría ser. Abordar estas tensiones —desde las críticas a la modernidad hasta las prácticas contrahegemónicas, desde la estética de la IA hasta la sostenibilidad— permite reimaginar la arquitectura, no simplemente como una disciplina de la forma, sino como un campo de transformación intelectual, ética y social.
(Ontología social) en/y la arquitectura
Un diccionario comenzará a partir del momento en que ya no suministra el sentido sino los usos de las palabras. Así, informe no es solamente un adjetivo con determinado sentido, sino también un término que sirve para descalificar, exigiendo generalmente que cada cosa tenga su forma. Lo que designa carece de derecho propio en cualquier sentido y se deja aplastar en todas partes como una araña o una lombriz
Georges Bataille
Georges Bataille identifica la arquitectura como una expresión privilegiada del orden social, argumentando que esta presenta el rostro oficial de la autoridad, es decir, la manifestación visible de la jerarquía de una sociedad (Bataille, 1929/1997, p. 21). La arquitectura, por tanto, nunca es neutral: materializa los valores, tabúes y estructuras a través de los cuales una comunidad se define a sí misma. Esta perspectiva sitúa a la arquitectura en la articulación de la producción cultural, donde lo material y lo ideológico convergen.
La arquitectura monumental, en particular, se convierte en un punto central de la crítica de Bataille. La grandeza y la permanencia de los monumentos suelen servir para consolidar la autoridad al encarnar el orden y el control de la clase dominante. Estas estructuras funcionan como manifestaciones materiales de las normas sociales y proyectan estabilidad y continuidad, al tiempo que suprimen, de manera implícita, la individualidad y la libertad. La uniformidad y la rigidez de las formas monumentales tradicionales reflejan una ideología de dominación que busca fijar el significado y restringir la interpretación, lo que refuerza las jerarquías establecidas.
Las implicaciones de la crítica de Bataille trascienden la estética del diseño arquitectónico para adentrarse en sus dimensiones filosóficas y éticas. Si la arquitectura opera tradicionalmente como una herramienta para reforzar las normas sociales, entonces l’informe ofrece una práctica contraria: un modo de construir y de pensar que resiste el cierre ideológico. Esto abre un espacio para que la arquitectura se relacione más profundamente con la filosofía, en tanto ambas disciplinas abordan cuestiones de la libertad, el poder y el potencial de transformación. Al desafiar a la arquitectura a ir más allá de las limitaciones de la forma, l’informe se alinea con los enfoques filosóficos que buscan desestabilizar los significados fijos y explorar las posibilidades del devenir más que del ser.

La afirmación de que “un diccionario comenzaría a partir del momento en que ya no suministra el sentido, sino los usos de las palabras” (Bataille, 2003, p. 55) invita a una profunda reevaluación de cómo los conceptos y las prácticas se comprenden entre disciplinas, incluida la arquitectura. En Diccionario crítico, Bataille interrumpe la función convencional del diccionario como instrumento para definir y fijar el significado y propone, en cambio, que los términos deben entenderse a través de sus funciones y efectos dinámicos en la sociedad. Este desplazamiento del significado a la tarea se alinea con la crítica más amplia de Bataille a las estructuras estáticas —sean lingüísticas, sociales o arquitectónicas— y abre nuevas vías para interrogar la relación entre arquitectura y filosofía (Bataille, 1985).
Aplicada a la arquitectura, esta perspectiva operativa desafía la dependencia tradicional de las definiciones fijas para elementos como la forma, el espacio y la función. La terminología arquitectónica suele operar dentro de marcos establecidos que limitan la manera en que el diseño se conceptualiza e implementa. Por ejemplo, términos como “fachada”, “planta” o “estructura” se entienden típicamente de acuerdo con parámetros técnicos o estéticos rígidos. Sin embargo, la crítica de Bataille insta a repensar estos términos no como descriptores estáticos, sino como operadores activos del proceso arquitectónico. ¿Qué tareas desempeñan estos elementos, tanto material como simbólicamente? ¿Cómo configuran las interacciones sociales, las relaciones de poder y las experiencias individuales?
¿Cuáles son, entonces, las consecuencias e implicaciones de estas posiciones para la práctica y la teoría arquitectónicas? Al centrarse en los roles de los elementos arquitectónicos más que en sus significados predefinidos, los arquitectos y teóricos son motivados a explorar nuevas posibilidades de diseño. El concepto de espacio podría desplazarse de ser un contenedor neutro a convertirse en un participante activo en la producción de relaciones sociales y significados culturales. Esta reorientación alinea la arquitectura con la visión más amplia de l’informe de Bataille: una aceptación de la indefinición y la fluidez que resiste el cierre de los significados fijos. Obliga a arquitectos y teóricos a cuestionar los supuestos que sustentan su labor, lo que abre nuevos espacios para la innovación y el compromiso crítico.
Al redefinir la terminología arquitectónica como algo activo y generativo, en lugar de estático y prescriptivo, se inicia una transformación: el diccionario se convierte en una guía dinámica, no de lo que la arquitectura es, sino de lo que hace y de lo que puede llegar a ser. Este desplazamiento alinea la arquitectura con las investigaciones filosóficas más amplias sobre la fluidez del significado y las posibilidades de transformación, ofreciendo una visión renovada de la disciplina como una fuerza creativa y crítica en el mundo contemporáneo.
Conclusión: hacia una ontología crítica de la arquitectura a través de l’informe
Este estudio ha explorado las implicaciones filosóficas de la forma arquitectónica y de l’informe como un marco conceptual para repensar la ontología social de la arquitectura. A partir de Bataille, Didi-Huberman, Derrida y Deleuze, hemos sostenido que l’informe funciona no como una negación de la arquitectura, sino como una fuerza generativa de resistencia y renovación conceptual. Permite reimaginar el espacio arquitectónico como algo materialmente fundado y filosóficamente abierto: un proyecto inacabado, siempre sujeto a transformarse.
Al desplazar el foco de la estabilidad de la forma hacia las dinámicas de la deformación y la reinterpretación, la arquitectura emerge no solo como un objeto construido, sino como una negociación continua entre lo tangible y lo intangible, entre construir y pensar. Esta dualidad —entre lo estructural y lo especulativo— exige un lenguaje crítico que sea a la vez conceptualmente preciso y atento a las realidades espaciales y sociales.
Las investigaciones futuras podrían articular con mayor profundidad esta tensión mediante métodos interdisciplinarios, combinando la teoría con el análisis de prácticas arquitectónicas concretas. Se debería prestar especial atención a proyectos ejemplares en los que lo informe se convierta en una estrategia de intervención ética, política o espacial. Un enfoque de este tipo podría contribuir a una comprensión renovada de la arquitectura, no como la realización de fines fijos, sino como una praxis del devenir: abierta, crítica y socialmente receptiva.
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1 Telos se asocia con el concepto denominado techne, que es el método racional implicado en la producción de un objeto o en la consecución de una meta u objetivo. En el mito de Theuth/Thamus, por ejemplo, la sección dedicada a techne hacía referencia conjunta a telos y techne.